Prevenciu00f3n cardiovascular en Diario de Salud

SANTO DOMINGO, RD/ DIARIO DE SALUD.- Durante años, los médicos evaluaron la hipertensión arterial, la diabetes, la obesidad, el colesterol elevado y la enfermedad renal como problemas separados. Sin embargo, la evidencia científica acumulada en las últimas décadas muestra que estas afecciones suelen estar estrechamente conectadas y se potencian mutuamente.

Con el objetivo de reflejar esta realidad, la American Heart Association (AHA) introdujo en 2023 el concepto de síndrome cardio-reno-metabólico (SCRM), una condición que integra las alteraciones del metabolismo, la función renal y el sistema cardiovascular dentro de un mismo proceso biológico.

Ahora, la AHA, junto con el American College of Cardiology (ACC), la American Diabetes Association (ADA) y la American Society of Nephrology (ASN), publicó la primera guía clínica dedicada específicamente a este síndrome, estableciendo nuevas recomendaciones para su detección, prevención y tratamiento.

La importancia del documento es enorme: los expertos estiman que la mayoría de los adultos presenta al menos uno de los factores de riesgo relacionados con este síndrome, mientras que el aumento global de la obesidad, la diabetes tipo 2 y la enfermedad renal anticipa una creciente carga de enfermedades cardiovasculares en los próximos años.

Una nueva forma de entender las enfermedades crónicas

El síndrome cardio-reno-metabólico se define como un trastorno sistémico en el que interactúan factores metabólicos, enfermedad renal crónica y alteraciones cardiovasculares.

En términos sencillos, significa que cuando una persona desarrolla obesidad, diabetes o hipertensión, estas condiciones pueden desencadenar daños progresivos en el corazón y los riñones. A su vez, el deterioro renal incrementa el riesgo cardiovascular, creando un círculo que acelera el avance de la enfermedad.

Los especialistas consideran que este enfoque supera la visión tradicional que analizaba cada problema por separado.

La nueva guía propone evaluar al paciente de manera integral, identificando tempranamente cómo interactúan estos factores para intervenir antes de que aparezcan complicaciones graves como infartos, accidentes cerebrovasculares o insuficiencia renal avanzada.

Las cinco etapas del síndrome

La guía establece una clasificación en cinco fases que permite medir el nivel de riesgo y orientar el tratamiento.

La fase 0 corresponde a personas sin factores de riesgo conocidos.

La fase 1 incluye a quienes presentan sobrepeso, obesidad o alteraciones metabólicas iniciales como resistencia a la insulina.

La fase 2 incorpora factores de riesgo más establecidos, como hipertensión arterial, diabetes tipo 2, colesterol elevado o enfermedad renal crónica.

La fase 3 se caracteriza por la presencia de daño cardiovascular subclínico, es decir, alteraciones que aún no producen síntomas pero que ya indican un riesgo elevado.

Finalmente, la fase 4 corresponde a personas que ya han desarrollado enfermedades cardiovasculares clínicas como infarto, insuficiencia cardíaca, accidente cerebrovascular o enfermedad arterial periférica.

La obesidad pasa al centro de la discusión

Uno de los cambios más importantes de la nueva guía es el reconocimiento de la obesidad como una enfermedad crónica compleja y no simplemente como un exceso de peso.

Los expertos recomiendan que el diagnóstico no se base únicamente en el índice de masa corporal (IMC), sino que incluya también mediciones como el perímetro de cintura para evaluar mejor la acumulación de grasa abdominal, considerada especialmente peligrosa para la salud cardiovascular.

Además, se reconoce que ciertos grupos étnicos presentan riesgos diferentes y requieren criterios específicos de evaluación.

El papel clave de los riñones

La guía también refuerza la necesidad de evaluar rutinariamente la función renal.

La enfermedad renal crónica suele avanzar silenciosamente durante años y muchas personas desconocen que la padecen hasta que aparecen complicaciones importantes.

Por esta razón, los especialistas recomiendan incorporar pruebas periódicas de función renal en pacientes con factores de riesgo metabólicos o cardiovasculares.

La detección temprana permite implementar tratamientos capaces de retrasar el deterioro renal y reducir simultáneamente el riesgo de eventos cardiovasculares.

Nuevos medicamentos, pero los hábitos siguen siendo fundamentales

El documento destaca el impacto de una nueva generación de medicamentos que han transformado el tratamiento de la obesidad, la diabetes y la enfermedad cardiovascular.

Entre ellos figuran los agonistas del receptor GLP-1 y los inhibidores SGLT-2, fármacos que han demostrado beneficios tanto metabólicos como cardiovasculares y renales.

Sin embargo, los autores insisten en que ningún tratamiento farmacológico puede reemplazar la importancia de los hábitos saludables.

La alimentación basada en productos mínimamente procesados, la actividad física regular, el sueño adecuado y la eliminación del tabaco continúan siendo los pilares fundamentales para prevenir la progresión del síndrome cardio-reno-metabólico.

Más allá de la medicina tradicional

La guía también incorpora elementos que hasta hace pocos años rara vez se incluían en las evaluaciones cardiovasculares.

Entre ellos se encuentran la salud mental, los trastornos del sueño, las enfermedades inflamatorias crónicas y los determinantes sociales de la salud, como la pobreza, el acceso limitado a alimentos saludables, el estrés financiero y las condiciones de vida desfavorables.

Los expertos consideran que estos factores influyen de manera significativa en la progresión de las enfermedades crónicas y deben formar parte de cualquier estrategia preventiva moderna.

Un cambio de paradigma

La nueva guía representa un cambio profundo en la manera en que la medicina aborda las enfermedades crónicas.

Ya no se trata únicamente de controlar la presión arterial, reducir el colesterol o tratar la diabetes por separado. El objetivo es comprender cómo interactúan todos estos factores dentro de una misma red biológica y actuar de forma temprana para evitar complicaciones futuras.

En un contexto marcado por el crecimiento de la obesidad y la diabetes en todo el mundo, los especialistas consideran que esta visión integrada podría convertirse en una de las herramientas más importantes para reducir la carga de enfermedad cardiovascular durante las próximas décadas.

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