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GALICIA, ESPAÑA / DIARIO DE SALUD.— El calor puede aumentar temporalmente los movimientos involuntarios o la distonía en algunos niños con trastornos neurológicos, aunque esta reacción no aparece en todos los pacientes. Así lo explica Darío Ortigoza, neuropediatra experto en trastornos del movimiento y portavoz de la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP). 

Según el especialista, las temperaturas elevadas pueden coincidir con deshidratación, cansancio, alteraciones del sueño y mayor esfuerzo físico, factores capaces de contribuir a una intensificación de los síntomas sin que esto signifique necesariamente que la enfermedad esté progresando.

Los trastornos del movimiento en la infancia incluyen diferentes manifestaciones, entre ellas tics, distonía, corea, estereotipias y temblor. La distonía se caracteriza por contracciones musculares involuntarias que pueden producir movimientos repetitivos o posturas anormales. 

Ortigoza explica que el diagnóstico depende principalmente de la observación del movimiento y de la historia clínica, aunque en determinados pacientes pueden ser necesarios análisis de sangre, resonancia magnética, electroencefalograma o estudios genéticos y metabólicos. 

Las revisiones médicas sobre distonía pediátrica confirman que sus causas son diversas y pueden incluir alteraciones genéticas, metabólicas o neurológicas adquiridas.

En los casos de distonía intensa, las contracciones musculares repetidas consumen energía y producen calor, lo que puede contribuir al agotamiento y aumentar las necesidades de líquidos. Ortigoza describe un posible círculo en el que más movimientos generan mayor producción de calor y estrés físico, que a su vez puede favorecer nuevos movimientos. 

La literatura médica respalda que la forma extrema de esta situación, conocida como status dystonicus, constituye una urgencia neurológica capaz de producir hipertermia, deshidratación, alteraciones metabólicas, dificultad respiratoria y daño muscular. Sin embargo, esta complicación es excepcional y no debe confundirse con un aumento leve y transitorio de los movimientos durante un día caluroso.

Para reducir el riesgo de empeoramiento, Ortigoza aconseja prevenir el sobrecalentamiento y la deshidratación, ofrecer líquidos regularmente, permanecer en lugares frescos durante las horas de mayor temperatura, evitar ejercicio intenso en esos momentos y mantener buenas rutinas de descanso. 

En niños con enfermedades neurológicas complejas recomienda además contar con un plan individualizado acordado con el equipo médico. 

La SENEP ha difundido estas mismas orientaciones al señalar que el calor no suele actuar de forma aislada y que el cansancio, la deshidratación y el sueño insuficiente pueden contribuir conjuntamente al aumento temporal de los síntomas.

Un incremento intenso y sostenido de la distonía, fiebre, dificultad para ingerir líquidos, somnolencia, alteración de la conciencia, problemas respiratorios o un cambio importante respecto al estado habitual del niño requieren valoración médica, según Ortigoza. 

La investigación sobre status dystonicus confirma que los cuadros graves pueden presentar complicaciones sistémicas y necesitan tratamiento rápido. 

La principal precisión científica es que no todos los niños con trastornos del movimiento empeoran con el calor y que un aumento puntual de los movimientos no demuestra por sí mismo una progresión neurológica; debe valorarse dentro del contexto clínico de cada paciente.

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