Proteger al presidente de EE. UU., Donald Trump, pero ¿a costa de quién? La controversia no gira tanto en torno a que se haya utilizado un plan de seguridad extraordinario —una situación que tiene precedentes— como a quién quedó expuesto al riesgo y por qué la Casa Blanca mantuvo el secreto posteriormente.

El punto de partida es relativamente sencillo: tras la cumbre de la OTAN en Turquía, el 8 de julio, las autoridades estadounidenses consideraron suficientemente “seria” una amenaza contra el avión presidencial como para cambiar el plan de viaje. 

Trump había abordado el antiguo Air Force One, que cuenta con sistemas de protección más avanzados que el nuevo Boeing 747 reacondicionado que recibió de Qatar, pero posteriormente fue sacado de la aeronave en secreto y trasladado en un camión de catering hasta un C-32A, un avión militar más pequeño. Desde allí voló a Reino Unido y después volvió a incorporarse clandestinamente al Air Force One para mantener la apariencia de que nunca había abandonado la aeronave.

El problema aparece en el siguiente paso: el Air Force One que debía llevar al presidente despegó igualmente. A bordo viajaban periodistas, funcionarios y personal de la Administración, entre ellos altos responsables como el secretario de Estado, Marco Rubio, según los reportes. Es decir, la medida que redujo el riesgo para Trump no necesariamente eliminó el riesgo para los demás; pudo trasladarlo hacia ellos.

La Casa Blanca y Trump sostienen que el cambio fue una decisión del Servicio Secreto y del Ejército. “Hago lo que me dicen”, afirmó el presidente, quien también aseguró que no preguntó demasiado sobre la amenaza. 

Sin embargo, esa explicación deja abierta una cuestión fundamental: si la amenaza era lo suficientemente seria como para evacuar al presidente del avión, ¿por qué se consideró aceptable enviar ese mismo avión al aire con otras personas a bordo?

¿Es el secreto parte del problema?

Los viajes presidenciales secretos no son una novedad. La seguridad de un mandatario puede exigir cambios de ruta, aeronaves señuelo o incluso ocultar durante horas su ubicación. El expresidente Bill Clinton utilizó una maniobra de este tipo durante un viaje a Pakistán en 2000, un país considerado de alto riesgo por la presencia de grupos terroristas. George W. Bush y Barack Obama también realizaron viajes clandestinos a zonas de guerra y Joe Biden viajó en secreto a Ucrania en 2023.

La diferencia que genera controversia en el caso de Trump es cómo se utilizó el señuelo y cuánto tiempo se mantuvo oculto. En anteriores operaciones, la prensa podía ser informada de manera confidencial o bajo embargo y, una vez superado el peligro, la Casa Blanca explicaba lo ocurrido. En este caso, los periodistas que permanecieron en el Air Force One no sabían que el presidente había abandonado la aeronave y continuaron viajando en ella. Tampoco se informó públicamente de la maniobra hasta que el diario ‘The Washington Post’ lo reveló el lunes 11 de agosto, semanas después de que ocurriera.

Eso plantea una segunda pregunta: ¿era necesario mantener el secreto después de que Trump ya estuviera fuera de peligro? La protección de información operativa durante una emergencia puede estar plenamente justificada. 

Pero expertos citados por la prensa estadounidense sostienen que existe una diferencia entre ocultar detalles tácticos para proteger al presidente y no comunicar al menos que el nivel de riesgo había sido extraordinario. Desde esta perspectiva, los viajeros podrían haber tenido derecho a conocer, al menos de manera general, que se enfrentaban a una situación de seguridad excepcional.

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¿Por qué el episodio también pone a prueba el discurso de Trump sobre Irán?

Surge además una consecuencia política y estratégica. Trump ha asegurado repetidamente que las capacidades militares de Irán habían sido severamente debilitadas y que Estados Unidos tenía una superioridad aérea prácticamente incontestada sobre el país. Sin embargo, si los servicios de inteligencia de EE. UU. consideraron creíble una amenaza de ataque contra el avión presidencial hasta el punto de ejecutar una operación inusual, el episodio parece difícil de conciliar con la idea de que Irán carece de capacidad para representar una amenaza aérea significativa.

Trump respondió precisamente en ese punto con una afirmación llamativa: señaló que, en realidad, el avión en el que finalmente viajó era el que corría mayor riesgo, porque sería el objetivo que un atacante tendría más probabilidades de identificar. La explicación no resuelve, sin embargo, la cuestión central: si el riesgo justificaba sacar al presidente del Air Force One, resulta razonable preguntarse qué medidas adicionales se tomaron para proteger a quienes permanecieron a bordo.

La controversia llega además después de semanas de dudas sobre la seguridad del avión regalado por Qatar al republicano. La Casa Blanca había decidido que Trump regresara desde Turquía en el Air Force One antiguo, pese a que el mandatario había llegado a la cumbre de la OTAN en la nueva aeronave. Posteriormente, la Administración llegó a citar a periodistas que habían informado sobre las preocupaciones de seguridad relacionadas con ese aparato, aunque esas citaciones fueron retiradas después.

El episodio de Turquía no es simplemente la historia de un presidente que escapó discretamente de una posible amenaza. Es también una historia sobre cómo se distribuye el riesgo cuando la prioridad absoluta es proteger al jefe de Estado, sobre el derecho de quienes lo acompañan a conocer las condiciones peligrosas de un viaje y sobre la transparencia que debe existir una vez que una operación secreta deja de ser necesaria. 

La seguridad presidencial exige medidas extraordinarias; el interrogante que ahora queda sobre la mesa es si, en este caso, la Casa Blanca protegió suficientemente a todos los demás y explicó después, con la misma claridad, por qué aquellas medidas fueron necesarias.

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Con AFP, AP, Reuters y medios locales

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