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SANTO DOMINGO, RD/ DIARIO DE SALUD.- Jeffrey Lazarus, responsable del grupo de Salud Pública sobre el Hígado del Instituto de Salud Global de Barcelona, sostiene que el aumento de la enfermedad hepática esteatósica no puede explicarse únicamente desde la consulta médica. A su juicio, también es consecuencia de la forma en que las sociedades facilitan el consumo de alimentos ultraprocesados, promueven estilos de vida sedentarios y permiten un acceso constante al alcohol.

Nacido en San Francisco en 1969, Lazarus desarrolló buena parte de su trayectoria profesional en el ámbito de los sistemas sanitarios, el VIH y las hepatitis virales. Trabajó durante una década en la Organización Mundial de la Salud y cuenta con más de 500 publicaciones científicas.

Su compromiso con la salud pública comenzó en la juventud, cuando observó en Nueva York cómo numerosas personas morían a causa del sida sin poder acceder a tratamientos. Esa experiencia marcó una carrera en la que, según reconoce, en ocasiones se siente “más activista que investigador”.

Actualmente, lidera proyectos y consensos internacionales sobre la enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica, conocida por las siglas MASLD, y su forma inflamatoria más avanzada, denominada MASH. También dirige el Global Think-tank on Steatotic Liver Disease y preside una serie de The Lancet Europe dedicada a enfrentar la enfermedad hepática crónica como una amenaza de salud pública.

Una enfermedad que cambia con los hábitos

Lazarus explica que la enfermedad hepática esteatósica debe entenderse como un espectro en el que intervienen tanto los factores metabólicos como el consumo de alcohol.

Durante años, los especialistas diferenciaron a los pacientes con alteraciones hepáticas asociadas a una mala alimentación y al sedentarismo de aquellos cuyos daños estaban vinculados principalmente al alcohol. Sin embargo, en la práctica ambos factores suelen coincidir.

Una persona puede mantener una alimentación poco saludable durante un periodo, consumir alcohol en exceso en otro y combinar ambos comportamientos posteriormente. El daño acumulado en el hígado no desaparece de manera inmediata cuando se abandona uno de esos hábitos.

Por esa razón, Lazarus define la enfermedad como un proceso dinámico y complejo. Su evolución depende del peso, los niveles de colesterol y triglicéridos, la actividad física, la alimentación y el consumo de bebidas alcohólicas, entre otros factores.

El cambio de nombre buscó reducir el estigma

El especialista formó parte del equipo internacional que impulsó en 2023 la sustitución de la antigua denominación de la enfermedad.

El proceso se extendió durante más de dos años y estuvo acompañado de debates entre las organizaciones profesionales. El propósito era encontrar un término que describiera mejor la enfermedad, fuera comprensible para médicos y pacientes y evitara expresiones estigmatizantes.

La nueva nomenclatura eliminó referencias directas al alcohol y a la palabra inglesa fat, que puede traducirse como “grasa”, pero también utilizarse de forma despectiva para referirse al peso corporal.

Con el término MASLD se busca poner el foco en la disfunción metabólica y en los factores cardiometabólicos que participan en la acumulación de grasa en el hígado.

Alimentación, sedentarismo y alcohol

Según Lazarus, la mayoría de los casos están relacionados con dos grandes grupos de factores: el consumo de alcohol y las alteraciones metabólicas vinculadas a una alimentación de baja calidad y a la falta de ejercicio.

El experto observa que en España se ha producido un deterioro progresivo de los hábitos alimentarios durante las últimas décadas. Los productos ultraprocesados son cada vez más accesibles, mientras que los patrones tradicionales de alimentación pierden espacio frente a comidas rápidas y opciones de menor calidad nutricional.

A esto se suma una reducción de la actividad física cotidiana. La combinación del sedentarismo, la mala alimentación y, en algunos casos, el consumo excesivo de alcohol favorece el desarrollo y la progresión de la enfermedad hepática.

Una prueba sencilla que podría automatizarse

Uno de los principales reclamos de Lazarus es incorporar de manera automática el cálculo del índice FIB-4 en los análisis de sangre habituales.

Esta herramienta no invasiva permite estimar el riesgo de fibrosis hepática utilizando la edad del paciente y tres valores disponibles en una analítica convencional: las plaquetas y las enzimas hepáticas AST y ALT.

Aunque el cálculo es sencillo, muchas veces no se realiza por falta de tiempo o porque no está integrado en los sistemas de laboratorio. Para el especialista, la solución sería automatizarlo y facilitar que el médico de atención primaria reciba el resultado junto con los demás datos del análisis.

Este procedimiento permitiría identificar a personas con riesgo de cicatrización hepática antes de que desarrollen una enfermedad avanzada.

Lazarus cita como ejemplo experiencias implementadas en Cantabria y Escocia. En este último país se aplicó un sistema de detección en una población de aproximadamente 29,000 personas, lo que permitió encontrar numerosos casos de fibrosis que no habían sido diagnosticados previamente.

El investigador advierte que, cuando muchos pacientes finalmente llegan al hepatólogo, la enfermedad ya se encuentra en una fase seria.

La mayoría de los casos podría estar sin diagnosticar

Uno de los grandes problemas es la ausencia de cifras precisas sobre cuántas personas viven con esta enfermedad sin saberlo.

Lazarus considera que la mayoría de los afectados no ha recibido un diagnóstico. Algunos podrían presentar fibrosis en grados intermedios o avanzados y necesitar seguimiento o tratamiento, pese a no tener síntomas evidentes.

La enfermedad hepática puede progresar silenciosamente durante años. Por ello, el especialista insiste en que las pruebas de detección deben trasladarse a la atención primaria y vincularse con los programas ya existentes para la diabetes, la obesidad y las enfermedades cardiovasculares.

No considera necesario crear estructuras sanitarias completamente nuevas. En su opinión, bastaría con incorporar la evaluación del hígado a los planes que ya atienden los factores metabólicos relacionados.

El entorno también determina la salud del hígado

Para Lazarus, responsabilizar únicamente al paciente resulta insuficiente. La enfermedad también está condicionada por el entorno social y comercial.

La disponibilidad de alcohol durante todo el día, los bajos impuestos aplicados a algunas bebidas, la proliferación de establecimientos de comida rápida y el precio reducido de los alimentos ultraprocesados influyen en las decisiones de consumo.

“Cuando las políticas de salud pública fracasan, los pacientes terminan en hepatología”, sostiene el experto.

Por esta razón, considera necesarias medidas destinadas a mejorar la calidad de los alimentos, fomentar la actividad física, ampliar los carriles para bicicletas, regular la venta de alcohol y aumentar la información ofrecida a la población.

También pide que los médicos expliquen que una alimentación inadecuada y el sedentarismo no solo elevan el riesgo de diabetes o enfermedad cardiovascular, sino que también pueden causar fibrosis y daño hepático permanente.

Desigualdad en el acceso a los tratamientos

Lazarus también denuncia las dificultades para acceder a medicamentos que podrían beneficiar a determinados pacientes.

Los análogos del GLP-1, como la semaglutida, pueden favorecer la pérdida de peso y mejorar algunos factores metabólicos relacionados con el hígado. Sin embargo, de acuerdo con el especialista, su financiación en España está principalmente vinculada al diagnóstico de diabetes, lo que limita el acceso de otras personas con enfermedad hepática.

También menciona el resmetirom, un medicamento diseñado para actuar directamente sobre el hígado en pacientes seleccionados con MASH y fibrosis.

Mientras miles de personas reciben este tratamiento en Estados Unidos, Lazarus señala que el acceso en España continúa siendo muy limitado. A su juicio, esta diferencia representa una inequidad entre países con niveles de ingresos similares.

El especialista reconoce la importancia de prevenir mediante una mejor alimentación, más ejercicio y diagnósticos tempranos. No obstante, advierte que estas medidas deben complementarse con tratamientos accesibles para quienes ya presentan una enfermedad avanzada.

La respuesta, concluye, debe combinar prevención, detección precoz, atención primaria, políticas públicas y acceso equitativo a los medicamentos. Sin esa estrategia integral, el número de pacientes que llegará a las consultas de hepatología continuará aumentando.

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