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SANTIAGO, RD/ DIARIO DE SALUD.- La microbiota intestinal, formada por comunidades de microorganismos que habitan principalmente en el colon, participa en funciones que van mucho más allá de procesar los alimentos. 

Durante una entrevista en el programa Bienestar al Día del Hospital Metropolitano de Santiago (HOMS), la doctora Johanny Vargas, neumóloga y especialista en sueño y microbiota, explicó que estos microorganismos mantienen relaciones con diferentes órganos y sistemas, entre ellos el cerebro, la piel y el sistema inmunitario. 

La literatura científica actual respalda que el microbioma intestinal interviene en el metabolismo de nutrientes y en señales que alcanzan los sistemas inmunológico, nervioso y cardiometabólico.

Uno de los campos de mayor interés es el llamado eje microbiota-intestino-cerebro, una red de comunicación bidireccional en la que participan vías nerviosas, inmunológicas, hormonales y metabólicas. El nervio vago es una de esas rutas, pero no la única.

Una revisión publicada en Nature Reviews Microbiology señala que los microorganismos intestinales pueden modificar señales que alcanzan el sistema nervioso y, al mismo tiempo, el cerebro puede influir sobre la composición y la actividad de la microbiota. Esto ha despertado interés por su posible relación con el comportamiento, el estrés y diferentes trastornos neurológicos y psiquiátricos.

La relación con la serotonina requiere, sin embargo, una precisión importante. Es frecuente afirmar que el intestino “produce la mayor parte de la serotonina”, pero esto no significa que esa serotonina intestinal pase directamente al cerebro y determine el estado de ánimo. 

Gran parte de la serotonina periférica se sintetiza en las células enterocromafines del tracto gastrointestinal y cumple funciones relacionadas con motilidad, secreción, inmunidad y otras señales locales. La microbiota puede influir en esa producción mediante metabolitos y otros mecanismos, mientras que la serotonina cerebral constituye un sistema regulado de forma diferente.

También se han encontrado alteraciones de la microbiota o disbiosis asociadas con enfermedades gastrointestinales y con condiciones como ansiedad, depresión, trastornos del sueño y algunos problemas neurológicos. Pero encontrar una microbiota diferente en personas con una enfermedad no demuestra automáticamente que los microorganismos sean su causa.

Factores como dieta, medicamentos, edad, enfermedad previa, estilo de vida y ambiente pueden modificar el microbioma. Por ello, aunque este campo abre posibilidades para desarrollar intervenciones nutricionales y terapias más personalizadas, todavía no existe una composición única que pueda definirse como la “microbiota perfecta” para todas las personas.

La microbiota intestinal se establece principalmente durante y después del nacimiento y cambia de manera intensa en los primeros años de vida bajo la influencia del parto, alimentación, antibióticos, ambiente y otros factores.

La posibilidad de que exista una verdadera colonización microbiana del feto durante un embarazo saludable sigue siendo controvertida: estudios recientes advierten que muchos hallazgos atribuidos a un supuesto “microbioma placentario” podrían explicarse por contaminación de muestras, y la colonización masiva ocurre alrededor del nacimiento. En consecuencia, el mensaje más sólido es que estos microorganismos constituyen una pieza importante de la fisiología humana, pero todavía queda mucho por conocer antes de convertir cada asociación del microbioma en una herramienta diagnóstica o terapéutica.

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