El éxito de Luiz Inácio Lula da Silva en las urnas, con una ventaja de 4,4 millones de votos frente a Flávio Bolsonaro, supone un revés para Trump y para su proyecto de reforzar la influencia de Estados Unidos en América Latina.
El presidente estadounidense no consiguió consolidar al candidato de la ultraderecha como aliado, ni extender su control sobre la mayor economía de la región. Este resultado, además, llega después de meses de presiones comerciales, enfrentamientos diplomáticos y denuncias de injerencia en el ecosistema digital. También interrumpe una racha de victorias presidenciales conservadoras en la región y dificulta los planes de Trump de contar con Brasil como socio estratégico.
Unas elecciones que trascienden fronteras
El inesperado desenlace de las elecciones brasileñas plantea una cuestión que trasciende sus fronteras.
“Brasil se ha convertido en un faro fundamental, principalmente en el continente americano. Junto con México, es el país que mejor mantiene intacta su agenda de soberanía, a pesar de que el presidente Trump, por ejemplo, intentó alterarla mediante nuevas leyes comerciales —leyes que resultan ilegales en el marco del multilateralismo del comercio internacional— e intentó influir en la sociedad brasileña y en las elecciones en Brasil. Pero no lo logró. A raíz de ello, Brasil buscó nuevos socios”, destaca el politólogo José Luiz Niemeyer, profesor de Relaciones Internacionales del Instituto Brasileño de Mercado de Capitales de Río de Janeiro (IBMEC).
“Brasil cuenta con la fortaleza necesaria para salvaguardar su soberanía y, al mismo tiempo, para proyectar poder en el sistema internacional en diversos ámbitos”, agrega.
El año pasado, Washington anunció aranceles del 50% para productos brasileños, en una decisión que mezcló argumentos comerciales con críticas a la condena de Jair Bolsonaro por golpismo y a las restricciones impuestas por los tribunales a las plataformas digitales estadounidenses.
Desde el primer momento, el Gobierno de Lula denunció la presión política sobre las instituciones y la soberanía de Brasil. La disputa convirtió el comercio en un instrumento de confrontación entre dos modelos políticos y dos visiones sobre el lugar de Brasil en el mundo.
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El enfrentamiento tenía una clara dimensión geopolítica. Brasil mantiene relaciones estratégicas con China, participa en los BRICS y defiende una política exterior basada en el multipolarismo, en el intento de preservar un margen de autonomía entre las grandes potencias. Para la Administración Trump, que pretende reducir la influencia de Beijing en América Latina y asegurarse el acceso a recursos estratégicos como las tierras raras, la postura brasileña representa un desafío.
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La victoria de Lula en las urnas no implica automáticamente que Brasil pueda prescindir de EE. UU., ni que las presiones económicas hayan dejado de tener consecuencias. Pero demuestra que el poder comercial de Washington no se traduce automáticamente en la capacidad de determinar el resultado de una elección.
“Brasil desempeña un papel cada vez más relevante en el ámbito del comercio y la cooperación económica. Si bien el volumen comercial de Brasil sigue siendo relativamente pequeño en comparación con la envergadura de su economía – la décima más grande del mundo, camino de convertirse en la octava—, el país está logrando una mayor capilaridad comercial, tanto a través de sus productos como de sus empresas multinacionales”, destaca Niemeyer.
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El poder de las grandes tecnológicas, otro frente de la disputa
En las últimas semanas, la batalla también se libró en las redes sociales, donde las grandes plataformas, encabezadas por Meta, se han convertido en actores centrales de las campañas electorales. La capacidad de sus algoritmos para recomendar contenidos, limitar su difusión o modificar la visibilidad de determinadas cuentas plantea interrogantes sobre quién controla, en la práctica, una parte creciente del debate público.
Durante la campaña, el equipo de Lula denunció que publicaciones del presidente habían sufrido restricciones de alcance en Instagram y que algunos contenidos aparecían sin opciones para ser compartidos. Incluso las Naciones Unidas cobraron a Meta por las restricciones a la libertad de expresión durante la campaña electoral.
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La controversia se intensificó después de que un reportaje del medio ‘Folha’ revelara que empleados de Meta reconocían en comunicaciones internas restricciones que perjudicaron las cuentas de Lula y recomendaciones algorítmicas del perfil de Flávio Bolsonaro. La empresa negó haber favorecido deliberadamente a un candidato y atribuyó los problemas a “incidentes técnicos”. El Tribunal Superior Electoral intervino y ordenó a Meta no limitar injustificadamente la difusión de contenidos políticos de ninguno de los dos candidatos.
Mientras, el entorno de Lula decidió adoptar tácticas de guerrilla digital para burlar el algoritmo de las ‘big tech’ y conseguir el control de la narrativa en el espacio digital. Lo hizo principalmente a través del ‘Ejército de Lula’, un canal de WhatsApp que nació después de la derrota en la primera vuelta y llegó a sumar más de 10 millones de miembros.
Durante tres semanas, los soldados de este ejército pacífico trasnocharon en conexiones en directo, en las que llegó a participar el propio Lula, y cumplieron misiones detalladas para conquistar votos a favor del líder de izquierda. “Hemos conseguido hacer una revolución sin disparar un solo tiro. Somos los soldados del amor”, señala Isabel, una profesora que obedeció con dedicación y orgullo a las órdenes del autonombrado general André Janones, el diputado federal que creó y coordinó esta iniciativa.
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Janones consiguió otra hazaña aparentemente imposible: que Lula comenzase a usar a sus 80 años un celular. Se trata de un cambio radical para un líder sindicalista que siempre apostó por los mítines clásicos y el cuerpo a cuerpo analógico para conquistar a sus electores. El resultado de esta metamorfosis emergió durante el discurso de la victoria.
“Les puedo garantizar que vamos a cambiar la forma de gobernar el país. Quiero decirles que haremos que el pueblo participe más en nuestras decisiones. Y quiero decirles que la comunicación digital tendrá un papel muy importante en mi Gobierno”, dijo Lula con emoción.
“Brasil podría convertirse cada vez más en un referente en la resistencia a un intento de influencia en las elecciones. Me parece un aspecto interesante, porque hace que otros individuos —personas que, en otras partes del mundo, se inclinan más hacia la misma regulación— adopten esta bandera. ‘Miren lo que pasó en Brasil. Fíjense en ese caso’. El simple hecho de que esto ocurra ya representa, a mi juicio, un resultado positivo”, señala Leonardo Paz Neves, analista de Inteligencia Cualitativa del Núcleo de Prospección e Inteligencia Internacional de la Fundación Getúlio Vargas (FGV).
Sería arriesgado concluir que el boicot de las plataformas a la campaña de Lula respondiera a una operación coordinada para favorecer al candidato favorito de Trump. Pero el caso brasileño ha puesto sobre la mesa una cuestión fundamental: cuando unas pocas empresas privadas controlan buena parte de la infraestructura informativa, sus decisiones técnicas pueden tener consecuencias políticas de alcance nacional.
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“No quiero depender de la IA china o estadounidense: quiero crear una brasileña»
Lula convirtió esa controversia en parte de su discurso en defensa de la soberanía. En su intervención tras la victoria, denunció la intromisión de las plataformas digitales y defendió la necesidad de regularlas. Incluso fue más allá y prometió crear una IA 100% nacional. “No quiero depender de la inteligencia artificial china o estadounidense: quiero crear una brasileña. Debemos aprovechar el potencial energético de un país que, tal vez, sea el que posee mayor capacidad de energía renovable, para atraer aquí los centros de datos necesarios y almacenar también nuestros propios datos en Brasil. Y estas entidades tendrán que destinar una parte de sus centros de datos a la información brasileña”, afirmó.
No se trata de una tarea sencilla. Arrancar de la nada una infraestructura de esta envergadura requiere una gran inversión, muchos conocimientos y una apuesta industrial y tecnológica de largo plazo.
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“Brasil nunca logrará competir con Estados Unidos y China reproduciendo el mismo modelo o invirtiendo los mismos recursos. Pero ese no es necesariamente el objetivo. Este país puede trazar su propia trayectoria y ser sumamente competitivo si aprovecha estratégicamente sus activos”, subraya Luca Belli, profesor y coordinador del Centro de Tecnología y Sociedad de la Fundación Getúlio Vargas (FGV).
“Además de recursos minerales y energía limpia y barata, contamos con una población numerosa y joven, datos externamente valiosos y únicos, y sectores con una enorme capacidad informacional, como las finanzas, la salud, la aviación, el petróleo y el gas. El desafío consiste en transformar estas ventajas en modelos e infraestructuras digitales para empresas y laboratorios nacionales, formando profesionales e invirtiendo en investigación”, agrega.
“Brasil sigue siendo un país atrasado si se lo compara con Estados Unidos —que es una potencia— o con China; los países europeos también son muy fuertes, principalmente Francia y Alemania. Necesita mejorar desde el punto de vista tecnológico, lo que implica desarrollar una tecnología propia. Me parece difícil que participe de manera muy activa en este sector de la economía. Sin embargo, Brasil sí puede integrarse en este sistema informativo global mediante leyes aprobadas en el Congreso y con la participación social. Puede hacerlo aportando aquello que sabe ofrecer al sistema internacional en el campo de la información, como entretenimiento, cine, música, fútbol y alegría”, afirma Niemeyer.
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¿Qué hizo Lula para resistir la presión?
El día después de las elecciones, Trump puso en entredicho la victoria de Lula. “Me gusta Lula, me llevo bien con él, pero las elecciones parecen haber sido fraudulentas”, dijo en una entrevista, sin presentar pruebas de ello. “Francamente, no tomé partido, pero da una imagen pésima para el mundo. Es una elección más. Sabe, las elecciones deben ser incuestionables, y aquello me pareció muy malo”, añadió.
La realidad es que Lula ha logrado resistir a todas las presiones gracias a una serie de factores: su capacidad de negociación; la fuerte movilización de sus seguidores en las calles y en las redes sociales; la capacidad de su campaña para ampliar apoyos y la decisión de millones de votantes de mantenerlo en el poder.
“Lula es uno de los últimos veteranos de la política internacional —de aquellos grandes referentes de los años 2000, de la época del auge del multilateralismo. Además, a pesar de la fuerte polarización, sigue siendo el principal referente político en Brasil”, señala Paz Neves. De hecho, explica, durante la oleada de aranceles, «casi nadie pudo resistir la presión estadounidense y muchos países negociaron rápidamente —incluso los europeos, lo cual resultó sorprendente. Sin embargo, China resistió, y Brasil, en menor medida, también lo hizo”, concluye.
Una señal para América Latina, pero no una victoria definitiva
El resultado de las elecciones brasileñas llega en un momento en que Trump pretende reforzar la presencia estadounidense en el hemisferio occidental y limitar la influencia de China en América Latina. Brasil, por su peso económico, demográfico y diplomático, es una pieza esencial de esa estrategia. Que Lula continúe en la Presidencia complica los planes de Washington de contar con un aliado incondicional en Brasilia.
Para otros países latinoamericanos, el mensaje es que las presiones externas no hacen inevitable un determinado desenlace político. Las grandes potencias pueden utilizar su poder comercial y diplomático; las plataformas pueden condicionar la circulación de información. Pero la capacidad de influencia tiene límites cuando existen instituciones nacionales, competencia política y una ciudadanía que se moviliza para expresar de forma soberana su preferencia en las urnas.
Eso no convierte a Lula en un vencedor frente a Trump. Brasil sigue dependiendo de los mercados internacionales, necesita inversiones y sus intereses económicos hacen indispensable una buena relación con EE. UU. Además, el resultado electoral no borra la polarización interna, ni garantiza que el Gobierno consiga imponer su agenda: la consolidación de la derecha en el Congreso será uno de los principales obstáculos del próximo mandato.
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Pero sin duda, la reelección de Lula abre una nueva etapa en la disputa por la influencia en América Latina. Para Trump, es un revés estratégico. Para las grandes empresas tecnológicas, es una señal de que la regulación digital seguirá en el centro del debate brasileño. Y para la región, una demostración de que la autonomía política todavía puede defenderse. La cuestión ahora es si Brasil será capaz de transformar esa resistencia electoral en una soberanía más sólida y duradera.
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