Murió como un desconocido. El hombre que llevaba más de cuatro décadas levantando el templo más ambicioso de la cristiandad moderna fue confundido con un mendigo cuando un tranvía lo atropelló camino a la iglesia de San Felipe Neri, en Barcelona, donde rezaba cada tarde.
Nadie en la calle supo que ese cuerpo maltrecho, sin documentos encima, pertenecía al arquitecto español Antoni Gaudí, máximo representante del modernismo catalán. Lo trasladaron al Hospital de la Santa Cruz, el de los pobres, y para cuando lo reconocieron, las heridas ya no tenían vuelta atrás. Tenía 73 años y una obra inconclusa que él mismo sabía que no vería terminada.
Un siglo más tarde, ese final anónimo se ha convertido para muchos en un símbolo de su santidad.
El papa León XIV celebra este miércoles 10 de junio una misa en el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, exactamente cien años después de la muerte de Gaudí, y lo hace en un momento en que la pregunta ya no es retórica: el Vaticano ya le reconoció al llamado «arquitecto de Dios’ las virtudes heroicas y lo único que lo separa de la beatificación es la confirmación de un milagro cuyo expediente está sobre la mesa en Roma.
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La firma final de Francisco
El gesto decisivo llegó de un papa moribundo.
El 14 de abril de 2025, apenas una semana antes de morir, Francisco proclamó a Gaudí «Venerable siervo de Dios». En el lenguaje vaticano, esa designación significa que la Iglesia da por cierto que vivió la fe con un heroísmo fuera de lo común: es la puerta de entrada al proceso que puede terminar en los altares.
Francisco arrastraba todavía las secuelas de la infección respiratoria que lo había tenido semanas internado cuando recibió en audiencia a Marcello Semeraro, el prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos. Entre los decretos que firmó ese día estaba el del arquitecto catalán.
El camino que falta tiene reglas estrictas. Para la beatificación se requiere un milagro comprobado; para la canonización, un segundo milagro validado por el Vaticano, al final de un proceso que suele durar años.
El primero ya tiene nombre, aunque la Iglesia lo guarde con discreción.
El caso es el de un niño desahuciado tras una operación de alto riesgo: los médicos le dijeron a la familia que ya no había nada que hacer. Le habían detectado una cardiopatía congénita, una tetralogía de Fallot.
Sus padres y miembros de la comunidad de la Sagrada Familia pidieron la intercesión de Gaudí, y el niño, que hoy tiene cinco años, se recuperó sin explicación médica. Actualmente lleva una vida normal.
La fase diocesana del caso ya está cerrada y el dossier, que contiene unas 500 páginas de informes clínicos y testimonios, es revisado en Roma por expertos designados por el Vaticano.
Treinta años empujando una causa
Si el expediente llegó hasta el escritorio del papa, fue por la terquedad de un puñado de laicos.
La Asociación Pro-Beatificación Antoni Gaudí nació en 1992, impulsada por el también arquitecto José Manuel Almuzara y otros cuatro fundadores. Durante tres décadas hicieron dos cosas: divulgar la figura del maestro y juntar relatos de gente que asegura haberle pedido ayuda en momentos límite.
«Si ves su trayectoria, ves que es un hombre de Dios», resume Almuzara al medio ‘Infobae’.
El Vaticano tardó en tomarlos en serio.
La causa se abrió formalmente en el año 2000, cuando Gaudí fue declarado Siervo de Dios. El eje central del expediente es la llamada ‘Positio’: unas 2.000 páginas distribuidas en dos tomos que reconstruyen la vida del arquitecto, documentan su fe y rastrean lo que el derecho canónico llama «fama de santidad», es decir, que la gente ya lo trata como santo sin esperar el permiso de Roma.
El argumento principal de los impulsores no es solo la piedad del hombre—que en sus últimos años vivía de manera muy austera, dedicado por completo al templo—, sino el poder de conversión de su obra.
Hay quienes aseguran que la majestuosa arquitectura de la Sagrada Familia llevó a muchas personas a acercarse al catolicismo. Un ejemplo es el del escultor japonés Etsuro Sotoo, que talló cientos de piezas para el templo y terminó bautizándose, conquistado por la espiritualidad de un maestro al que nunca conoció.
No todos compran el relato. Desde el mundo académico, hay quienes ven en una beatificación el último capítulo de una operación publicitaria alrededor del personaje y advierten que el proceso está dejando en segundo plano su capacidad artística. El riesgo, dicen, es que el santo devore al genio.
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Un laico en la «fábrica de los santos»
La singularidad del caso no escapa a nadie en Roma.
Gaudí no fue mártir, no fundó congregaciones, ni escribió tratados de teología. Fue un profesional laico. Esa es, paradójicamente, la fuerza de su candidatura: la Iglesia lleva tiempo buscando modelos de santidad para gente común, y un arquitecto que santificó su trabajo encaja en esa búsqueda como pocas figuras del siglo XX.
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La misa de este miércoles —antes, el papa León dejará una ofrenda floral sobre la tumba del arquitecto en la cripta— no forma parte del proceso canónico. Pero nadie ignora su peso simbólico: un papa rezando ante la tumba de un candidato a los altares, en el templo que ese candidato construyó, el día exacto del centenario de su muerte.
Si en Roma se certifica el milagro en estudio, Gaudí será beato. Con un segundo, sería el primer arquitecto canonizado. Habrá que esperar el veredicto de la «fábrica de los santos». Aunque, como habría dicho el propio Gaudí, su cliente no tiene prisa.
Con medios locales
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