Futuristic technology concept

SANTO DOMINGO, RD/ DIARIO DE SALUD.- La muerte súbita cardíaca continúa siendo uno de los desafíos más complejos de la cardiología, porque puede producirse de manera inesperada y el margen para intervenir una vez ocurre un paro cardíaco es extremadamente corto. 

La American Heart Association recuerda que el paro cardíaco sucede cuando el corazón deja abruptamente de bombear sangre de manera efectiva y la persona pierde la conciencia y deja de respirar normalmente; sin reanimación cardiopulmonar y desfibrilación cuando están indicadas, la muerte puede producirse en pocos minutos. 

En Estados Unidos se registran aproximadamente 350.000 paros cardíacos extrahospitalarios cada año y cerca del 90 % resultan fatales, un dato que ilustra la dimensión del problema, aunque no debe extrapolarse directamente a República Dominicana ni confundirse con una estimación mundial de muerte súbita cardíaca.

El riesgo no es igual para todas las personas. Entre quienes requieren una evaluación especialmente cuidadosa están algunos sobrevivientes de paro cardíaco o arritmias ventriculares graves, pacientes con determinados antecedentes de infarto, insuficiencia cardíaca, cardiomiopatías y ciertas enfermedades eléctricas o genéticas del corazón. 

Las guías europeas actuales destacan que la estratificación del riesgo puede requerir, dependiendo del caso, electrocardiograma, ecocardiografía, resonancia cardíaca, pruebas genéticas y estudios electrofisiológicos. 

La fracción de eyección del ventrículo izquierdo continúa siendo un parámetro importante, pero ya no debe considerarse de manera aislada en todos los pacientes: el diagnóstico de base, la historia clínica y otros marcadores pueden modificar sustancialmente la evaluación del riesgo.

Entre las herramientas disponibles se encuentra el desfibrilador cardioversor implantable (ICD o DAI), un dispositivo colocado debajo de la piel que vigila continuamente el ritmo cardíaco. Cuando identifica determinadas taquiarritmias ventriculares potencialmente mortales puede administrar estimulación antitaquicardia o una descarga eléctrica para intentar restablecer un ritmo efectivo. 

La American Heart Association señala que estos dispositivos están destinados a personas con riesgo elevado de taquicardia ventricular o fibrilación ventricular, mientras que revisiones de ensayos clínicos han encontrado una reducción de mortalidad en grupos apropiadamente seleccionados. 

Esto no convierte al ICD en una medida preventiva para la población general: su indicación exige valorar beneficio esperado, enfermedad cardíaca de base, tratamiento médico, expectativa de vida y riesgos del procedimiento, incluidos infección, complicaciones relacionadas con los electrodos y descargas inapropiadas.

En República Dominicana, la Sociedad Dominicana de Cardiología, mediante su Consejo de Electrofisiología, difundió recientemente una Declaración de Posición destinada a orientar el uso de esta tecnología según la evidencia internacional y las características del sistema sanitario nacional. 

El doctor Reynie Leonel Reinoso Gonell, cardiólogo electrofisiólogo y presidente del Consejo de Electrofisiología, afirmó que “la muerte súbita cardíaca sigue representando un importante reto para los sistemas de salud” y destacó que actualmente existen tecnologías respaldadas por evidencia para intervenir en determinados pacientes de alto riesgo. La declaración también pone énfasis en la selección clínica y en la sostenibilidad de la intervención. 

Una información difundida sobre el documento señala que existen análisis económicos adaptados al contexto dominicano que consideran al ICD potencialmente costo-efectivo cuando se utiliza según indicaciones establecidas; sin embargo, no localicé en fuentes académicas abiertas el estudio dominicano completo que permita revisar sus métodos, costos y umbral de costo-efectividad, por lo que ese resultado debe mantenerse atribuido a la declaración y no presentarse como una conclusión independiente.

La prevención, además, no termina con el implante de un dispositivo. Para la población general siguen siendo fundamentales el control de hipertensión, diabetes, colesterol, tabaquismo y enfermedad coronaria, además de la evaluación especializada cuando existen síncopes inexplicados, arritmias conocidas, cardiomiopatías o antecedentes familiares relevantes de muerte súbita. 

Y cuando ocurre un paro cardíaco, la prevención secundaria depende también de la respuesta de la comunidad: reconocer rápidamente la emergencia, activar los servicios médicos, comenzar RCP y utilizar un desfibrilador externo automático cuando esté disponible puede aumentar significativamente las posibilidades de supervivencia. 

La estrategia frente a la muerte súbita debe combinar, por tanto, prevención cardiovascular, identificación del paciente de alto riesgo, tratamiento médico, dispositivos cuando estén indicados y una cadena de respuesta rápida ante el paro cardíaco.

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