Por Dr. Carlos Garcia Lithgow
Hay historias de la cardiología intervencionista que nunca aparecen en un informe médico. No caben en la descripción de una coronaria, en el porcentaje de una estenosis ni en el resultado final de una angioplastia. Tampoco figuran en las estadísticas de mortalidad. Sin embargo, son probablemente las que más nos transforman.
Llegar hasta una sala de hemodinamia tampoco es un trayecto breve.
Antes del primer catéter hubo años de facultad, hospitales, residencias, noches sin dormir, exámenes, maestros, libros abiertos hasta la madrugada y una vida personal que muchas veces aprendió a esperar. Primero tuvimos que convertirnos en médicos; después, aprender el lenguaje del corazón; finalmente, adquirir la extraña destreza de penetrarlo sin tocarlo, navegar por arterias de apenas unos milímetros y decidir, algunas veces en segundos, lo que puede separar la vida de la muerte.
Uno tarda muchos años en convertirse en cardiólogo intervencionista.Y quizá toda una vida en aprender a ser médico.
Quienes hemos pasado buena parte de la nuestra dentro de una sala de hemodinamia sabemos que allí el tiempo tiene otra dimensión.
A las dos de la madrugada suena el teléfono: un infarto con elevación del ST. Mientras la ciudad duerme, alguien acaba de descubrir abruptamente que puede morir. Uno abandona la cama y atraviesa una ciudad vacía. Detrás quedan el sueño, la familia y el cansancio. Al llegar al hospital, todo comienza a suceder muy rápido.
Acceso vascular, catéter, guía, contraste.
En la pantalla aparece una arteria completamente ocluida. Pero detrás de aquella imagen negra,no vemos simplemente una coronaria: hay un cerebro que piensa, unos hijos que esperan, una familia detenida en algún pasillo y una vida suspendida de unos cuantos minutos.
Entonces ocurre uno de esos pequeños milagros que la medicina moderna ha convertido casi en rutina. La guía atraviesa la obstrucción, se dilata laarteria, implantamos un stent y reaparece el flujo.
Lo que estaba cerrado vuelve a llenarse de sangre.Pero no siempre sucede así.
Existe una imagen particularmente cruel para el intervencionista: abrir finalmente la arteria y comprobar que la sangre no llega adecuadamente al miocardio. El temido no-reflow.
Técnicamente hemos vencido laobstrucción y, sin embargo, podemos estar perdiendo al paciente.
Es entonces cuando todos aquellos años de entrenamiento caben en unos segundos.
La medicina nos recuerda, sin delicadeza alguna, que dominar una técnica nunca significó dominar el destino.
También están las reanimaciones sobre la propia mesa de cateterismo. Las alarmas comienzan a sonar, desaparece el pulso y aquella coreografía precisa se transforma en otra: compresiones, medicamentos, desfibrilación.
Hemos visto un corazón detenerse y, después de una descarga eléctrica, volver a latir.
También hemos visto otros que no regresaron.
Es difícil contemplar repetidamente esa frontera sin modificar la percepción de lo que significa estar vivo.
Y está aquel hombre todavía joven que llega con un infarto extenso. Antes de entrar a la sala busca nuestros ojos. Ya no mira al especialista que estudió tantos años ni al hombre acostumbrado a navegar coronarias. Busca al otro ser humano que, por alguna circunstancia, en ese instante sostiene una parte de su destino.
—Doctor, ¿volveré a ver a mis hijos?
Entonces aparecen las lágrimas.
Las suyas bajan sin pedir permiso. No existe pudor cuando se teme perderlo todo. Las nuestras
conocen otros caminos. Algunas alcanzan los ojos; otras se quedan detenidas en algún lugar detrás de ellos. Y hay lágrimas que simplemente nos tragamos porque, en ese momento, alguien necesita creer que somos más fuertes de lo que realmente somos.
Desaparecen entonces los estudios aleatorizados, las curvas de supervivencia y las estadísticas.
Quedan dos hombres.
Uno teme no volver a abrazar a sus hijos.
El otro debe mirarlo sin prometerle aquello que no puede garantizar.
Quizás esa sea una de las formas más silenciosas de la soledad del médico.
Después entramos a la sala.
Y hacemos aquello para lo que nos preparamos durante tantos años.
A veces ganamos.
Otras veces no.
Entonces nos quitamos los guantes, dejamos atrás las luces y abrimos la puerta.
Al fondo espera una familia. He recorrido ese pasillo muchas veces, pero hay noches en que deja de pertenecer al hospital. Se convierte en una lengua interminable de luz blanca tendida entre dos mundos. Detrás queda una batalla que ya terminó; delante, una familia que todavía no lo sabe.
El suelo parece ceder bajo los pasos. No caminamos: vadeamos. Algo espeso e invisible se aferra a los tobillos mientras al fondo unos rostros permanecen todavía en la orilla de la esperanza.
Y uno avanza llevando la noticia.
Hay momentos en que esa caminata me recuerda La Piedad de Miguel Ángel.
No por la muerte solamente, sino por el peso.
María sostiene sobre sus piernas el cuerpo inerte de su hijo y la piedra parece adquirir una tristeza imposible. En aquel mármol no hay grito: hay aceptación, impotencia y una pregunta que lleva siglos sin respuesta. Algunas noches el médico carga algo parecido.
No llevamos un cuerpo entre los brazos, pero avanzamos sosteniendo el peso invisible de una muerte que dentro de unos segundos tendremos que depositar en las manos de quienes amaban a aquel ser humano.
Ellos nos observan acercarnos. Intentan leer la respuesta en nuestra manera de caminar, en las manos, en los ojos,quizás en esa fracción de segundo qué tardamos demasiado en hablar.
«Hicimos todo lo que pudimos».
Pocas frases pesan tanto.
Después hay que continuar.
Porque existe otra parte de la medicina que casi nadie ve.
Cerramos aquella puerta y regresamos al mundo exterior. Allí vuelven el tráfico, el cansancio y las responsabilidades. Y también la competencia, los egos, las comparaciones, las críticas y esa antigua costumbre humana de convertir algunas veces el éxito ajeno en una afrenta personal.
La visibilidad tiene un precio.
Cuanto más haces, más opiniones provocas. Y las críticas más precisas rara vez vienen de desconocidos. Para conocer exactamente dónde herir hay que haber estado suficientemente cerca.
Con los años uno descubre que el éxito es también un espejo: a algunos los inspira; a otros les devuelve la imagen de aquello que creen que les falta.
Pero hacerse pequeño para tranquilizar a los demás sería una forma absurda de renunciar al camino recorrido. Costó demasiado llegar hasta aquí: demasiadas madrugadas, renuncias, incertidumbres, pacientes, derrotas y aprendizajes.
El verdadero peligro es otro.
Que para sobrevivir construyamos una coraza tan gruesa que un día entremos con ella a la habitación del paciente.
Esa es quizá nuestra batalla más difícil.
Necesitamos una piel suficientemente gruesa para resistir la presión, la crítica, el fracaso y la injusticia; pero conservar debajo de ella otra suficientemente fina para que todavía nos duela.
La medicina nos obliga a esa contradicción: ser duros sin volvernos insensibles. Seguros sin convertirnos en arrogantes. Competitivos sin perder la generosidad. Capaces de convivir con la muerte sin acostumbrarnos a ella.
Después de tantos años uno comprende que la cardiología intervencionista no consiste solamente en abrir arterias.
Consiste en vivir junto a una frontera.
De un lado están los catéteres, las guías, los stents y una tecnología que nos permite navegar por el corazón como antiguos exploradores de ríos invisibles.
Del otro permanece aquello que ningún dispositivo ha conseguido intervenir: la fragilidad humana.
Quizás por eso esta profesión cambia nuestra manera de mirar la vida.
Los reconocimientos pasan. Las rivalidades envejecen. Los agravios que parecían enormes terminan convertidos en polvo. También nosotros pasaremos.
Pero algunas miradas permanecen.
La del hombre que preguntó si volvería a ver a sus hijos.
La de una familia esperando al final de aquella lengua de luz blanca.
La de quienes alguna vez depositaron su miedo en nuestras manos.
La sala de hemodinamia me enseñó cardiología.
Los años me enseñaron a resistir el ruido que existe fuera de ella.
Pero fueron los pacientes quienes me enseñaron lo verdaderamente difícil: la vida puede depender de unos minutos y, precisamente por eso, no deberíamos desperdiciarla como si fuera infinita.
Afuera podrán discutir quién eres, cuánto vales o cuánto mereces.
Cuando se cierra la puerta, todo eso desaparece.
Quedan su miedo y tus incertidumbres. Sus lágrimas, que pueden caer libremente, y las tuyas, que tantas veces aprendiste a tragarte.
Porque debajo de la bata, detrás de los catéteres y de todos los años que hicieron falta para llegar hasta allí, continúa latiendo otro corazón.
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