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SANTO DOMINGO, RD/ DIARIO DE SALUD.- La pandemia de Covid-19 no solo puso a prueba la capacidad de respuesta de los sistemas sanitarios frente a una emergencia sin precedentes, sino que también dejó una huella silenciosa en la atención de otras enfermedades. Un nuevo estudio internacional estima que alrededor de 55.000 casos de cáncer no fueron diagnosticados en siete países de renta alta durante los primeros nueve meses de la crisis sanitaria.
La investigación, publicada en la revista científica The Lancet Oncology, concluye que entre abril y diciembre de 2020 se registró un déficit del 16 % en los diagnósticos de cáncer esperados en Australia, Canadá, Dinamarca, Irlanda, Nueva Zelanda, Noruega y Reino Unido, en comparación con las tendencias observadas antes de la pandemia.
Los autores analizaron datos de aproximadamente 2,6 millones de pacientes procedentes de 18 jurisdicciones sanitarias, convirtiendo este trabajo en una de las evaluaciones internacionales más amplias realizadas hasta la fecha sobre el impacto del Covid-19 en el diagnóstico oncológico.
Según los investigadores, la suspensión temporal de programas de detección, las restricciones de acceso a consultas médicas y el temor de los pacientes a acudir a los centros de salud durante los confinamientos contribuyeron significativamente a esta reducción de diagnósticos.
Los cánceres más afectados
El estudio identificó importantes diferencias según el tipo de tumor. El cáncer de próstata registró la mayor disminución, con un 24 % menos de diagnósticos de los previstos durante el período analizado.
Le siguieron el cáncer de mama femenino y el melanoma, ambos con una reducción cercana al 18 %. En contraste, los cánceres de pulmón y ovario mostraron un impacto menor, posiblemente debido a que suelen presentar síntomas más evidentes que requieren atención médica incluso en contextos de crisis sanitaria.
Los investigadores también encontraron diferencias significativas entre países. Noruega y Nueva Zelanda mostraron descensos relativamente pequeños y lograron recuperar más rápidamente los niveles habituales de diagnóstico. Por el contrario, Reino Unido e Irlanda registraron interrupciones más prolongadas y una recuperación más lenta.
Estos hallazgos sugieren que la capacidad de los sistemas sanitarios para mantener activos los programas de detección y diagnóstico durante situaciones de emergencia desempeña un papel determinante en la continuidad de la atención oncológica.
Lecciones para futuras crisis sanitarias
La doctora Isabelle Soerjomataram, subdirectora de la Subdivisión de Vigilancia del Cáncer del Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC) y autora principal del estudio, destacó la importancia de comprender por qué algunos países lograron responder mejor que otros.
“Una comprensión más detallada de por qué algunos sistemas sanitarios pudieron resistir mejor las presiones de la pandemia del Covid-19 podría aportar valiosas lecciones para la preparación ante futuras crisis”, afirmó Soerjomataram.
Aunque el estudio encontró evidencia limitada de un aumento inmediato de cánceres diagnosticados en estadios avanzados durante 2020, los expertos advierten que los efectos reales podrían tardar años en manifestarse plenamente.
La preocupación radica en que muchos de los casos que no fueron detectados a tiempo podrían haber sido diagnosticados posteriormente en fases más avanzadas de la enfermedad, reduciendo las posibilidades de tratamiento exitoso y supervivencia.
Un impacto que podría prolongarse
Las consecuencias a largo plazo de las interrupciones en la atención oncológica continúan siendo objeto de análisis en distintos países.
Un estudio publicado este año en JAMA Oncology estimó que las alteraciones asociadas a la pandemia en Estados Unidos estuvieron vinculadas con aproximadamente 17.390 muertes adicionales por cáncer durante el año posterior al diagnóstico entre 2020 y 2021.
Los investigadores consideran que fortalecer la resiliencia de los sistemas sanitarios, garantizar la continuidad de los programas de cribado y mantener el acceso oportuno a la atención médica deben convertirse en prioridades estratégicas para enfrentar futuras emergencias de salud pública sin comprometer el diagnóstico y tratamiento de enfermedades crónicas como el cáncer.
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