La investigación disecciona 13 factores dietéticos clave, desde el consumo de alimentos frescos hasta el exceso de sodio, dibujando un mapa global donde la malnutrición por defecto y el exceso de alimentos ultraprocesados conviven como dos caras de la misma moneda.

El caso de España: luces y sombras

España, que ha participado en el estudio a través de instituciones como el CNIC o el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, presenta una evolución que invita a un optimismo moderado. Según los datos desglosados del informe, nuestro país ha seguido la tendencia de la Europa occidental, logrando una reducción del 45,2% en la tasa de mortalidad cardiovascular atribuible a la dieta desde 1990. Esta mejora se debe, en gran medida, al control de los factores de riesgo clásicos y a una mayor adherencia histórica a patrones alimentarios protectores.

Sin embargo, los investigadores advierten de que no hay margen para la complacencia. A pesar de la mejoría estadística, la cardiopatía isquémica sigue siendo la principal causa de muerte en España vinculada a factores de riesgo modificables. El estudio destaca que, incluso en países con tradición mediterránea, la penetración de componentes nocivos como las bebidas azucaradas y el exceso de sodio está erosionando las ventajas competitivas de nuestra pirámide alimentaria tradicional.

La dictadura de los ultraprocesados

La geografía del riesgo cardíaco ha cambiado drásticamente. Mientras que regiones como Europa occidental, Australasia y Norteamérica han logrado reducir las muertes —gracias en parte a una mayor concienciación y mejores sistemas de salud—, otras zonas están recorriendo el camino inverso. En África subsahariana central, la mortalidad vinculada a la alimentación ha crecido un 20% en el mismo periodo.

El investigador Min Seo Kim, del Hospital General de Massachusetts y autor principal del estudio, señala que existe una brecha clara entre países según su desarrollo. «Mientras que los países en desarrollo se enfrentan a la desnutrición y al acceso limitado a alimentos protectores, los países desarrollados se ven más afectados por el consumo excesivo de componentes nocivos», explica Kim. Entre estos últimos, destacan las carnes procesadas y el sodio.

Lo que falta y lo que sobra

Uno de los hallazgos más relevantes es que la salud del corazón no solo se resiente por lo que comemos en exceso, sino fundamentalmente por lo que omitimos. La falta de cereales integrales, el bajo consumo de ácidos grasos omega-6 (presentes en aceites vegetales y semillas) y la escasez de frutos secos se posicionan como los principales responsables de la mortalidad, incluso por encima de las grasas trans.

Esta carencia de «alimentos protectores» genera un estado de vulnerabilidad en las arterias que el sodio se encarga de rematar. Para Dong Keon Yon, investigador de la Universidad Kyung Hee en Seúl y coautor del trabajo, estos resultados subrayan la necesidad de políticas públicas más agresivas. «Se necesitan acciones específicas para abordar tanto la baja ingesta de alimentos protectores como la alta ingesta de componentes perjudiciales», afirma Yon, quien recalca que las intervenciones no pueden ser uniformes, sino adaptadas a la realidad de cada región.

Cambio de paradigma

A pesar de la magnitud de las cifras, los autores mantienen una cautela científica necesaria, recordando que el trabajo se basa en datos observacionales. No obstante, el mensaje es claro: la dieta es el factor de riesgo modificable más importante para frenar el aumento de infartos y anginas de pecho que se vienen registrando en las últimas dos décadas.

El estudio concluye que no basta con pedir al paciente que «coma menos»; el reto de la salud pública actual es garantizar que la población pueda «comer mejor». El acceso a grasas poliinsaturadas de calidad y a la fibra de los granos enteros se revela como una medicina preventiva más barata y eficaz que muchos de los fármacos que se recetan cuando el daño ya es irreversible.

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