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SANTO DOMINGO, RD/ DIARIO DE SALUD.- Dejar para mañana una tarea que podría hacerse hoy es una conducta habitual, pero la psicología ha cuestionado que la procrastinación pueda explicarse simplemente como falta de disciplina o pereza.

La psicóloga Fuschia Sirois, profesora de la Universidad de Durham y especialista que lleva más de dos décadas investigando este comportamiento, sostiene que muchas veces las personas no están evitando únicamente una tarea, sino las emociones desagradables que esa actividad provoca, como ansiedad, frustración, aburrimiento o temor a equivocarse. 

Posponerla genera entonces un alivio inmediato que puede reforzar el comportamiento y hacer que la persona vuelva a evitarla cuando aparezca una situación similar.

Este mecanismo puede crear lo que los investigadores describen como una brecha entre la intención y la acción: la persona sabe qué debería hacer y puede incluso considerar importante hacerlo, pero no consigue iniciar la actividad. Investigaciones recientes respaldan la importancia de este componente emocional. 

Un ensayo controlado publicado en 2025, con 1.035 participantes, encontró que una intervención breve destinada a reducir la aversión hacia una tarea y aumentar el valor percibido de completarla incrementó la disposición de los participantes a actuar y la probabilidad de terminar la actividad. Los autores concluyeron que modificar la relación emocional con una tarea puede ser una vía útil para reducir la procrastinación.

La evidencia también sugiere que el problema no se resuelve necesariamente esperando a sentirse motivado. Un estudio publicado en 2026 sobre psicoterapia cognitivo-conductual encontró que el aumento del valor atribuido a las tareas y un mayor control proactivo estuvieron relacionados con reducciones de la procrastinación. Los investigadores también observaron que cambios en las emociones asociadas con las tareas, la perseverancia y la claridad emocional participaron en el proceso de mejora. 

Esto apunta a una estrategia diferente: en lugar de esperar a que desaparezca la incomodidad, comenzar con una acción concreta y manejable puede ayudar a reducir la distancia entre la intención y la conducta.

Una de las recomendaciones que se desprenden de esta evidencia es dividir una actividad que parece abrumadora en pasos pequeños y concretos. 

En lugar de plantearse “terminar el informe”, por ejemplo, puede resultar más sencillo establecer como primer objetivo abrir el documento, escribir el título y completar una primera sección. Esta estrategia coincide con investigaciones que han probado intervenciones breves y estructuradas para reducir la aversión hacia las tareas. 

Otro ensayo publicado en 2026 encontró que intervenciones de una sola sesión basadas en terapia cognitivo-conductual y terapia de aceptación y compromiso redujeron la procrastinación en estudiantes que tenían tareas pendientes.

La procrastinación tampoco debe confundirse automáticamente con un trastorno psicológico. Sin embargo, cuando se convierte en un patrón persistente puede relacionarse con mayores niveles de estrés y afectar el bienestar. 

La evidencia disponible indica que las estrategias más prometedoras no se limitan a exigir más fuerza de voluntad, sino que buscan modificar la manera en que una persona responde a las emociones desagradables, aumenta el valor de la tarea y transforma una obligación difícil en una serie de acciones posibles. Por eso, ante la próxima actividad que se está posponiendo, una pregunta puede ser más útil que una autocrítica: ¿cuál es el paso más pequeño que puedo dar ahora mismo para empezar?

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