NUEVA YORK,EE.UU./ DIARIO DE SALUD.- Cada día, cientos de miles de millones de células mueren y son reemplazadas en el organismo. Este proceso de renovación es esencial para mantener los tejidos sanos, eliminar células dañadas y evitar que restos celulares queden acumulados en lugares donde podrían causar inflamación o contribuir a enfermedades autoinmunes. Pero una nueva investigación sugiere que la muerte celular no es un proceso tan simple ni tan silencioso como se pensaba.
Un equipo de científicos de la Universidad La Trobe, en Australia, identificó una nueva “huella de muerte” que dejan algunas células cuando mueren por apoptosis, un mecanismo programado de muerte celular. El hallazgo fue publicado en Nature Communications y describe un tipo de vesícula extracelular hasta ahora desconocido, llamado F-ApoEV, que parece marcar el lugar donde ocurrió la muerte celular y facilitar la limpieza por parte del sistema inmunitario.
Las vesículas extracelulares son pequeñas estructuras liberadas por las células para transportar proteínas, lípidos, ADN y ARN. Funcionan como paquetes de comunicación entre células. En este caso, los investigadores observaron que, durante la apoptosis, las células moribundas pueden dejar vesículas grandes, ricas en actina, ancladas al sitio donde la célula estaba adherida. Esas estructuras actúan como una especie de rastro biológico que ayuda a los fagocitos vecinos a localizar y retirar restos celulares.
El bioquímico Ivan Poon, del Instituto La Trobe de Ciencias Moleculares, explicó que miles de millones de células están programadas para morir cada día como parte del recambio normal y de la progresión de enfermedades. Según Poon, hasta ahora se creía que la fragmentación celular durante la muerte era un proceso aleatorio y bastante simple. “Nuestros hallazgos demuestran la complejidad de este proceso y resaltan cómo cada paso es fundamental para ayudar a que la célula moribunda se descomponga de manera eficiente y sea eliminada por el sistema inmunológico”, señaló el investigador, citado por La Trobe University.
Para observar este proceso, los científicos utilizaron imágenes tridimensionales de lapso de tiempo y analizaron distintos tipos de células mientras morían. Así lograron identificar las proteínas que quedaban después de la apoptosis y estudiar cómo el sistema inmunitario interactuaba con esos restos. El estudio muestra que las F-ApoEV exponen fosfatidilserina, una señal conocida como “cómeme” que permite que los fagocitos reconozcan qué material debe ser eliminado.
La investigadora Stephanie Rutter, autora principal del estudio y bioquímica del Instituto La Trobe de Ciencias Moleculares, explicó que el cuerpo necesita retirar los fragmentos de células muertas para evitar inflamación y enfermedades autoinmunes como el lupus eritematoso sistémico. Según Rutter, las F-ApoEV se eliminan con facilidad del lugar donde ocurre la muerte celular, lo que sugiere que cumplen una función útil dentro del sistema de limpieza del organismo.
Pero el hallazgo tuvo una segunda lectura inesperada. Cuando los investigadores infectaron células moribundas con el virus de la gripe A, observaron que algunas partículas virales podían esconderse dentro de estas F-ApoEV. Al ser retiradas o interactuar con células vecinas, esas vesículas podían ayudar a que el virus alcanzara nuevas células. En otras palabras, un mecanismo diseñado para limpiar el cuerpo podría ser aprovechado por un patógeno para moverse de forma más discreta.
Rutter reconoció que ese resultado sorprendió al equipo. “Lo que no esperábamos era cómo los virus también pueden aprovechar este proceso y causar infecciones ocultándose en las F-ApoEV”, afirmó, según la comunicación de La Trobe University. El estudio original señala que las F-ApoEV generadas por células apoptóticas infectadas con influenza A pueden favorecer la propagación viral hacia células vecinas, lo que abre una nueva vía de investigación sobre la comunicación entre células muertas, sistema inmune e infecciones.
La bióloga celular Georgia Atkin-Smith, del Instituto Walter y Eliza Hall de Investigación Médica, resumió el alcance del hallazgo al señalar que las células moribundas pueden seguir comunicándose “desde la tumba” y afectar la función inmunológica. La frase refleja una idea central del estudio: la muerte celular no es solo el final de una célula, sino también un evento que deja señales capaces de influir en otras células, en la inflamación y, potencialmente, en la propagación de virus.
Los autores creen que comprender mejor estas huellas podría abrir nuevas líneas terapéuticas. Si las F-ApoEV ayudan al sistema inmunitario a retirar restos celulares, potenciar su función podría ser útil para reducir inflamación o enfermedades autoinmunes. Pero si los virus las usan como vehículo, también podría ser necesario diseñar estrategias para impedir que los patógenos se escondan dentro de ellas. Por ahora, esas posibilidades siguen en fase de investigación básica.
El hallazgo no significa que ya exista un tratamiento basado en estas vesículas ni que la gripe se propague principalmente por este mecanismo en humanos. Lo que muestra es una nueva pieza del complejo sistema de comunicación celular. Cada célula que muere deja señales, y esas señales pueden proteger al organismo o ser explotadas por un virus. Entender esa diferencia será clave para futuras investigaciones sobre inmunidad, infección, inflamación y renovación celular.
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