José Antonio Luengo, decano del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid
MADRID, ESPAÑA / DIARIO DE SALUD. — El acoso escolar no es una pelea. No es una broma que se fue de las manos. Es una dinámica planificada, reiterada y sostenida en el tiempo, que ocurre entre personas que comparten más de seis horas al día durante 180 días al año.
Y según el psicólogo y catedrático José Antonio Luengo, vicepresidente del Consejo General de la Psicología de España, ese contexto es lo que lo convierte en uno de los fenómenos más dañinos que puede vivir un niño o una adolescente.
Luengo acaba de publicar El algoritmo del miedo, radiografía del acoso escolar, un libro en el que analiza cómo se forman estas dinámicas, quiénes participan en ellas y cómo los adultos pueden intervenir de manera efectiva para desmontarlas.
Qué es acoso y qué no lo es
Para Luengo, la primera clave es la definición. «El término acoso lleva implícita la característica de que lo que hace el agresor lo hace intencionadamente, de manera reiterada y siempre desde una jerarquía», explicó el psicólogo. No hablamos de un conflicto puntual ni de una discusión: hablamos de conductas que se planifican para dañar al otro, desde una posición de poder, frente a una víctima en situación de indefensión.
El círculo del bullying: no solo son el agresor y la víctima
Luengo recupera el modelo del investigador noruego Dan Olweus, pionero en el estudio del acoso escolar, para explicar que el problema nunca ocurre entre dos personas en un vacío. Siempre hay un grupo alrededor, y ese grupo define si el acoso continúa o se detiene.
«Esta violencia se mantiene fundamentalmente porque en el entorno hay silencio y miedo, y porque no hay conductas basadas en la solidaridad, la compasión o la bondad», señaló Luengo. En el círculo hay quienes inician la conducta, quienes se unen sin iniciarla, quienes la aplauden, quienes miran hacia otro lado y, finalmente, quienes se sienten mal ante lo que ven e intervienen para defender a la víctima. Son estos últimos los que tienen el mayor poder para frenar el acoso. «Si hay defensores activos, esa violencia tiende a disminuir de manera muy significativa», afirmó.
Por qué el daño puede ser mayor que el del maltrato adulto
Una de las afirmaciones más contundentes del libro es que el acoso entre iguales puede producir heridas más profundas que el maltrato ejercido por adultos. «Cuando este maltrato se produce por parte de compañeros, de aquellos con los que tendrías que jugar, que compartir, que sonreír, aquellos con los que además pasas más de seis horas al día, 180 días al año, el impacto que se produce en la personalidad, en el autoconcepto, en la autoestima y en la identidad es incluso más intenso», explicó Luengo. «Esto está documentado en la investigación y es una señal de que el acoso va mucho más allá de ser cosa de niños.»
Cuando el acoso se mantiene en el tiempo, especialmente entre los ocho y los dieciséis años, puede producir lo que los especialistas llaman indefensión aprendida: la víctima no solo sufre, sino que aprende que defenderse no sirve de nada. El estrés postraumático, señaló Luengo, es uno de los paradigmas diagnósticos que mejor describen estos efectos a largo plazo.
Las nuevas formas de acoso: la tecnología como amplificador
El psicólogo advierte que en los últimos años han surgido formas de acoso cada vez más sofisticadas, muchas de ellas ligadas a la tecnología. «Las ideas de hacer daño cabalgan a una velocidad de vértigo, que va dejando al adulto con la sensación de que no llega nunca a tiempo», señaló. El ciberacoso convierte la experiencia en algo interminable: la víctima no puede encontrar espacios seguros ni momentos de tranquilidad. Y la inteligencia artificial ha abierto nuevas posibilidades de hacer daño que no existían hace cinco o diez años.
El error más frecuente de los padres del agresor
Luengo fue directo al señalar uno de los mayores obstáculos para resolver estos casos: la negación. «A los padres de los agresores les cuesta mucho aceptar que su hijo pueda haber adoptado ese rol. Es comprensible, a nadie le gusta que le digan que su hijo está haciendo daño a otro niño de manera intencionada. Pero es imprescindible evitar encapsularse en esa idea de que tu hijo no ha podido ejercer ese daño, porque es negar la realidad.»
Para el especialista, el objetivo no es castigar al agresor sino conseguir que reflexione, comprenda el daño causado, pueda pedir perdón y reencauzar sus relaciones de forma constructiva. «No estamos hablando de ninguna enfermedad mental. Estamos hablando de una anomalía que puede ser reparada con el trabajo de especialistas.»
¿Enseñar a pelear es la solución?
Ante la estrategia de algunos padres de enseñar a la víctima a defenderse físicamente, Luengo matiza: aprender a defenderse es importante, pero no es suficiente. Lo más valioso, insiste, es saber pedir ayuda. «Me parece más importante saber pedir ayuda a los adultos y no callarse por miedo a represalias. Y ahí los adultos tenemos un papel muy importante, porque es imprescindible que los niños sepan que les vamos a defender.»
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