Los edulcorantes artificiales aumentan un 24 el riesgo de diabetes 4952

NUEVA YORK,EE.UU./ DIARIO DE SALUD.- Durante décadas, los edulcorantes artificiales fueron presentados como una solución sencilla: ofrecer el sabor dulce del azúcar con pocas calorías o sin ellas.

La sacarina abrió el camino y, con el tiempo, aparecieron otros compuestos como el aspartamo, la sucralosa, el acesulfamo de potasio y distintos edulcorantes de origen vegetal.

Hoy se encuentran en refrescos dietéticos, bebidas energéticas, yogures, chicles, postres, proteínas en polvo, productos “sin azúcar” y sobres utilizados para endulzar el café.

Pero una nueva revisión científica cuestiona una idea profundamente extendida entre los consumidores: que estos ingredientes atraviesan el organismo sin producir efectos relevantes.

Investigadores del Instituto Food is Medicine de la Universidad de Tufts analizaron la evidencia disponible sobre los denominados edulcorantes no nutritivos y concluyeron que algunos podrían alterar la regulación de la glucosa, la respuesta de la insulina y el equilibrio de las bacterias intestinales.

La investigación, publicada el 25 de junio de 2026 en la revista Current Atherosclerosis Reports, fue elaborada por Meng Wang, Olivia Y. Wu y Dariush Mozaffarian.

Los autores no afirman que todos los edulcorantes causen diabetes ni que deban eliminarse de inmediato de la alimentación.

Su advertencia es más matizada: no puede asumirse que sean completamente inocuos solo porque aporten pocas calorías.

Qué encontró el análisis

La revisión reunió los resultados de 21 ensayos clínicos aleatorizados realizados en adultos.

Los investigadores centraron una parte importante del análisis en estudios que comparaban los edulcorantes con controles sin calorías, como agua o placebo, en lugar de compararlos únicamente con azúcar.

Esta diferencia metodológica es importante.

Cuando un refresco dietético se compara con uno azucarado, cualquier beneficio puede deberse a que el primero contiene menos azúcar y menos calorías, no necesariamente a que el edulcorante tenga un efecto favorable por sí mismo.

Al utilizar como referencia agua o un placebo, los investigadores intentaron aislar mejor la respuesta del organismo al compuesto dulce.

El análisis encontró que el consumo de edulcorantes no nutritivos estuvo asociado con aumentos en la insulina en ayunas y en la hemoglobina glucosilada o HbA1c, un indicador utilizado para estimar el nivel promedio de glucosa en la sangre durante los últimos meses.

También se observó una tendencia hacia el empeoramiento de la sensibilidad a la insulina, aunque este resultado no fue igualmente sólido en todos los análisis.

“Lo que hace que nuestro análisis sea notable es que, al centrarnos en comparadores no calóricos, aislamos mejor los efectos fisiológicos directos de los propios edulcorantes, y no de las calorías que sustituyen”, explicó Meng Wang, primer autor de la revisión y profesor asistente de investigación en la Escuela Friedman de Tufts.

“Al agrupar los resultados de los ensayos individuales, observamos señales de que estos compuestos pueden tener efectos metabólicos perjudiciales”, añadió.

Qué significa tener más insulina en ayunas

La insulina es una hormona producida por el páncreas que permite que la glucosa pase desde la sangre hacia las células, donde puede utilizarse como fuente de energía.

Después de comer, es normal que sus niveles aumenten.

Sin embargo, una concentración persistentemente elevada durante el ayuno puede indicar que el organismo necesita producir más insulina para mantener la glucosa bajo control.

Este fenómeno puede aparecer cuando las células comienzan a responder peor a la hormona, lo que se conoce como resistencia a la insulina.

La resistencia a la insulina se relaciona con un mayor riesgo de prediabetes, diabetes tipo 2 y otras alteraciones metabólicas.

La HbA1c, por su parte, refleja cuánta glucosa se ha adherido a la hemoglobina de los glóbulos rojos. Se utiliza tanto para diagnosticar como para vigilar la diabetes.

No obstante, una variación estadística en un metaanálisis no significa necesariamente que cada consumidor experimente un cambio clínicamente importante.

La magnitud del efecto, la duración del consumo, la dosis, el tipo de edulcorante y las características de cada participante siguen siendo factores decisivos.

El posible papel de la microbiota intestinal

Una de las explicaciones analizadas por los científicos se encuentra en el intestino.

La microbiota intestinal está formada por billones de bacterias y otros microorganismos que participan en la digestión, la regulación inmunitaria y el metabolismo.

Algunos edulcorantes no nutritivos no son absorbidos completamente en las primeras etapas de la digestión. Esto significa que pueden avanzar por el tracto intestinal y entrar en contacto directo con los microorganismos que viven allí.

Los autores revisaron estudios que encontraron cambios en la composición y el funcionamiento de la microbiota después del consumo de determinados edulcorantes.

En uno de los ensayos analizados, los investigadores estudiaron detalladamente las bacterias intestinales de los participantes y posteriormente transfirieron microorganismos humanos a ratones.

Los resultados sugirieron que ciertas alteraciones del control de la glucosa podían transmitirse mediante esos microorganismos, lo que reforzó la hipótesis de una relación entre los edulcorantes, la microbiota y el metabolismo.

Sin embargo, la evidencia sobre este mecanismo todavía no es uniforme.

Una revisión científica publicada en 2023 señaló que algunos ensayos en humanos habían observado alteraciones en la microbiota, mientras que otros no detectaron cambios significativos.

Esto indica que la respuesta puede depender del compuesto, la dosis, el tiempo de exposición y la microbiota previa de cada persona.

No todos los edulcorantes son iguales

Uno de los principales problemas de este campo de investigación es que el término “edulcorante no nutritivo” agrupa sustancias muy diferentes.

La sacarina, el aspartamo, la sucralosa, el acesulfamo de potasio y la estevia no tienen la misma estructura química ni siguen exactamente las mismas rutas dentro del organismo.

Algunos se absorben casi por completo; otros alcanzan el intestino grueso en mayor cantidad.

También presentan diferencias en poder endulzante, metabolismo, dosis habitual y productos en los que se utilizan.

Por esta razón, un efecto observado con sucralosa no puede trasladarse automáticamente al aspartamo o a la sacarina.

La propia revisión de Tufts advierte que agrupar todos los compuestos puede ocultar diferencias importantes entre ellos.

Ensayos individuales han ofrecido resultados contradictorios.

Un estudio controlado encontró que la sucralosa reducía la sensibilidad a la insulina en adultos sanos con bajo consumo habitual de edulcorantes.

En cambio, otro ensayo de 12 semanas no detectó cambios significativos en la sensibilidad ni en la secreción de insulina después del consumo de una bebida con aspartamo y acesulfamo de potasio.

Estas diferencias muestran por qué todavía no existe una conclusión definitiva aplicable a todos los productos.

Lo que dicen los estudios observacionales

Los investigadores también revisaron grandes estudios poblacionales en los que se siguió a miles de personas durante años.

En general, estos trabajos han encontrado asociaciones entre el consumo habitual de bebidas o productos con edulcorantes y un mayor riesgo de diabetes tipo 2, obesidad, enfermedades cardiovasculares y otros trastornos cardiometabólicos.

Pero esos estudios tienen una limitación importante: no pueden demostrar por sí solos que los edulcorantes sean la causa.

Una persona con sobrepeso, glucosa elevada o antecedentes familiares de diabetes puede decidir comenzar a consumir refrescos dietéticos precisamente porque ya tiene un mayor riesgo metabólico.

En ese caso, el producto aparece vinculado con la enfermedad, pero la relación puede estar influida por lo que los científicos denominan causalidad inversa.

También existen otros factores difíciles de controlar, como la calidad general de la dieta, la actividad física, el tabaquismo, los medicamentos y los cambios de peso.

Los autores reconocen estas limitaciones, pero consideran que la combinación de estudios observacionales, ensayos clínicos y posibles mecanismos intestinales justifica una mayor cautela.

“El uso ha superado nuestro conocimiento”

Dariush Mozaffarian, cardiólogo, autor principal de la revisión y director del Instituto Food is Medicine, afirmó que la incorporación acelerada de estos compuestos a la alimentación ha avanzado más rápido que la investigación sobre sus consecuencias.

“El rápido aumento del uso de estos edulcorantes ha superado nuestro conocimiento sobre sus efectos a largo plazo para la salud”, señaló.

“Hasta que sepamos más, hay que actuar con precaución”, añadió.

Mozaffarian aclaró, sin embargo, que la comparación con el azúcar sigue siendo relevante.

“Si estás sustituyendo grandes cantidades de azúcar añadido en tu dieta, como las que contienen varias raciones de refrescos, estos edulcorantes bajos en calorías pueden ser una mejor alternativa”, afirmó.

“Pero no podemos dar por sentado que son seguros e inocuos, y evitarlos siempre que sea posible parece una opción prudente”.

¿Es mejor un refresco dietético que uno azucarado?

La respuesta depende del contexto.

Una lata de refresco azucarado puede contener una cantidad considerable de azúcar añadido. Consumir varias al día aumenta la ingesta calórica y puede favorecer el aumento de peso, la diabetes tipo 2 y otros problemas metabólicos.

Cambiar esas bebidas por versiones sin azúcar puede reducir de manera inmediata la cantidad de calorías y azúcares añadidos consumidos.

Por ello, una bebida dietética puede funcionar como una opción de transición para una persona que toma grandes cantidades de refrescos azucarados.

Pero eso no significa que sea equivalente al agua ni que deba convertirse necesariamente en una parte permanente de la dieta.

La comparación correcta no siempre es “refresco azucarado contra refresco dietético”.

También puede ser “refresco dietético contra agua, café sin azúcar o una bebida sin endulzar”.

La revisión de Tufts precisamente trató de analizar esa segunda comparación.

La postura de la Organización Mundial de la Salud

La Organización Mundial de la Salud ha señalado que los edulcorantes sin azúcar pueden producir pocos cambios en el metabolismo de la glucosa en estudios de corta duración y contribuir a una reducción del peso cuando forman parte de una dieta con restricción energética.

Sin embargo, también ha advertido que no existe un consenso claro sobre su utilidad para mantener la pérdida de peso a largo plazo ni sobre otros posibles efectos crónicos.

En 2023, la OMS recomendó no utilizar los edulcorantes sin azúcar como estrategia principal para controlar el peso o reducir el riesgo de enfermedades crónicas en la población general.

La recomendación no fue una declaración de toxicidad ni una prohibición.

Su fundamento fue que los beneficios sostenidos para el control del peso no estaban suficientemente demostrados y que algunos estudios observacionales habían identificado posibles riesgos a largo plazo.

La organización ha insistido en que el objetivo debería ser reducir progresivamente la preferencia por sabores intensamente dulces, independientemente de que procedan del azúcar o de sus sustitutos.

El problema oculto en las etiquetas

Los investigadores también señalaron una dificultad normativa en Estados Unidos.

Los fabricantes deben incluir los edulcorantes en la lista de ingredientes, pero generalmente no están obligados a indicar la cantidad exacta utilizada en cada producto.

Esto significa que un consumidor puede saber que una bebida contiene sucralosa o aspartamo, pero no necesariamente cuántos miligramos está ingiriendo.

La ausencia de cantidades también complica la investigación.

Para estudiar los riesgos a largo plazo, los científicos necesitan estimar con precisión la exposición de una persona. Sin datos sobre las dosis reales, resulta más difícil comparar a quienes consumen cantidades pequeñas con quienes reciben una exposición elevada.

Los autores consideran que una información más detallada en las etiquetas permitiría mejorar los estudios poblacionales y ofrecer recomendaciones más precisas.

Una revisión no demuestra causa y efecto por sí sola

Aunque el trabajo reúne numerosos estudios, conserva las limitaciones de la evidencia original.

Los ensayos utilizaron diferentes edulcorantes, dosis, formatos y periodos de seguimiento.

Algunos incluyeron bebidas, otros sobres o alimentos. La duración fue variable y las características de los participantes no fueron iguales.

Además, los cambios metabólicos pueden depender del consumo habitual previo.

Una persona que nunca utiliza edulcorantes podría responder de forma distinta a otra que lleva años consumiéndolos diariamente.

La revisión tampoco demuestra que un consumo ocasional produzca diabetes o enfermedades cardiovasculares.

Sus resultados deben interpretarse como señales de posible riesgo metabólico y no como una prueba definitiva de daño en todos los usuarios.

Qué pueden hacer los consumidores

Los investigadores no plantean que una persona deba entrar en pánico por consumir ocasionalmente un producto sin azúcar.

La recomendación general es observar el conjunto de la dieta.

Una persona que sustituye seis refrescos azucarados diarios por versiones dietéticas probablemente reduzca de forma importante su consumo de azúcar. El siguiente paso podría ser disminuir gradualmente la cantidad total de bebidas dulces y sustituir parte de ellas por agua.

También conviene revisar las etiquetas de productos que no siempre se perciben como fuentes de edulcorantes, entre ellos yogures, cereales, barras de proteína, salsas, medicamentos masticables y suplementos.

Otro aspecto importante es no compensar.

Algunas personas consumen un producto “sin azúcar” y después ingieren más calorías porque consideran que han ahorrado previamente. Ese comportamiento puede anular cualquier posible beneficio.

Quienes tienen diabetes no deberían modificar por su cuenta un tratamiento ni asumir que todos los productos “sin azúcar” son adecuados. Algunos contienen carbohidratos, grasas o almidones que también pueden afectar la glucemia.

La pregunta que aún no tiene respuesta

La evidencia actual no permite afirmar que todos los edulcorantes sean dañinos ni que deban tratarse como si fueran idénticos.

Tampoco respalda la idea de que sean sustancias totalmente pasivas que solo ofrecen dulzor sin consecuencias biológicas.

El debate se encuentra precisamente entre esos dos extremos.

La revisión de Tufts refuerza la necesidad de realizar ensayos más largos, con grupos amplios, dosis claramente definidas y análisis separados para cada compuesto.

También se necesitan estudios que expliquen por qué algunas personas parecen responder con alteraciones en la glucosa o en la microbiota y otras no.

Hasta que esas preguntas sean respondidas, la recomendación de los autores es prudente: los edulcorantes pueden ser preferibles a grandes cantidades de azúcar, pero el agua y los alimentos sin endulzar siguen siendo las opciones con menos incertidumbre.

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