«El hombre de la paz». Así describió su familia a Antonio Navarro Wolff al comunicar la noticia de su muerte. Su biografía, con todas sus luces, heridas y contradicciones, explica por qué esa definición quedará inevitablemente asociada a su nombre.

El fallecimiento de Wolff fue confirmado el domingo 1 de noviembre, a los 78 años mediante un comunicado divulgado en redes sociales.

“Con profundo recogimiento y dolor, le informamos a sus amigos, amigas y a todas y todos los colombianos que nuestro amado Antonio Navarro Wolff falleció a las 2:42 de la tarde de hoy”, señaló la familia.

La noticia provocó reacciones desde distintos sectores del espectro político colombiano. El expresidente derechista Álvaro Uribe destacó la relación respetuosa que mantuvo con Navarro pese a sus diferencias ideológicas, mientras que el también exmandatario Ernesto Samper lo recordó como un “compañero de luchas políticas por la paz”. El senador izquierdista y excandidato presidencial, Iván Cepeda, por su parte, lo calificó como uno de los dirigentes más destacados de las izquierdas y el progresismo en el país latinoamericano.

Ese reconocimiento transversal ilustra la dimensión de una figura cuya biografía estuvo marcada por profundas contradicciones, pero también por una capacidad poco frecuente para transitar desde la lucha armada hacia la política institucional.

De Pasto a la ingeniería y la militancia política

Antonio Navarro Wolff nació el 9 de julio de 1948 en Pasto, capital del departamento de Nariño, en el suroeste de Colombia.

Antes de convertirse en uno de los rostros más conocidos de la política nacional, su formación estuvo vinculada a la ingeniería y la academia. Estudió Ingeniería Sanitaria en la Universidad del Valle, donde se graduó en 1972 y posteriormente cursó estudios de Ingeniería Industrial y de Sistemas.

En 1976, viajó a Inglaterra para especializarse en Ingeniería del Medio Ambiente en la Universidad de Loughborough.

También desarrolló una carrera académica como profesor y directivo universitario. Pero fue precisamente durante los años de actividad estudiantil y creciente movilización política cuando comenzó a acercarse a los movimientos sociales y a las discusiones que atravesaban a Colombia en la década de 1970.

Su vida cambiaría definitivamente cuando se vinculó al Movimiento 19 de Abril, conocido como M-19.

El ascenso dentro del M-19 y la granada que cambió su vida

Navarro ingresó a esa extinta guerrilla en la década de 1970 y con el tiempo se convirtió en uno de sus principales dirigentes. La organización al margen de la ley había surgido en un contexto de controversia por las elecciones presidenciales de 1970 y las denuncias de fraude electoral.

Durante sus años en la clandestinidad, Navarro llegó a ocupar el segundo puesto de mando de la organización, por detrás de Carlos Pizarro, quien se convirtió en el comandante general del movimiento.

Su nombre quedó así asociado a una de las guerrillas que protagonizaron algunos de los episodios más dramáticos de la historia contemporánea de Colombia, a la que también perteneció el expresidente Gustavo Petro. Y es que el M-19 llevó a cabo numerosas operaciones armadas y acciones que dejaron una profunda huella en el país.

Pero la trayectoria de Navarro dentro de la organización también lo llevó a convertirse en uno de sus principales interlocutores en los intentos de negociación con el Estado.

En 1985, en medio de los primeros intentos de diálogo entre el Gobierno y el M-19, Navarro fue víctima de un atentado en Cali.

Una granada explotó cerca de él y le causó heridas que cambiarían su vida para siempre: perdió la pierna izquierda y sufrió secuelas en el rostro y la laringe que afectaron su manera de hablar.

La imagen de Navarro con una prótesis se convertiría desde entonces en una de las características más reconocibles de su figura pública.

Sin embargo, el atentado no puso fin a su actividad política ni a su participación en los esfuerzos por encontrar una salida negociada al conflicto.

Tras el fracaso de los primeros diálogos durante el Gobierno de Belisario Betancur, el M-19 y el Estado retomaron las conversaciones años después.

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De comandante guerrillero a negociador de paz: uno de los padres de la Constitución colombiana

Navarro Wolff fue uno de los negociadores del acuerdo de paz firmado en 1990 entre el M-19 y el Gobierno del presidente Virgilio Barco.

El pacto condujo a la desmovilización de la guerrilla y a su transformación en una fuerza política legal. Para Navarro, aquel tránsito marcaría el comienzo de una nueva etapa, aunque estuvo precedido por uno de los golpes más duros para el movimiento.

Carlos Pizarro, el principal comandante del M-19 y candidato presidencial tras la desmovilización, fue asesinado en abril de 1990.

Navarro asumió entonces la candidatura presidencial. Su respuesta al asesinato de Pizarro fue determinante para el futuro del proceso: apostó por mantener el camino de la paz y evitar el regreso a las armas.

Su transformación de comandante insurgente en dirigente político comenzaba así a adquirir una dimensión nacional.

El papel por el que probablemente será más recordado Navarro Wolff fue el que desempeñó en la Asamblea Nacional Constituyente que redactó la Constitución de 1991, vigente en Colombia.

Navarro fue elegido como uno de los tres copresidentes de la Asamblea, junto con Álvaro Gómez Hurtado y Horacio Serpa Uribe, una imagen que condensaba el espíritu de pluralidad y negociación que buscaba representar aquel proceso.

La nueva Constitución sustituyó a la carta política de 1886 y redefinió aspectos fundamentales del Estado colombiano, ampliando el reconocimiento de derechos y consolidando la idea de un Estado social de derecho.

Navarro es considerado uno de los padres de esa Constitución y defendió durante décadas su vigencia, al tiempo que sostuvo que debía desarrollarse y reformarse en aspectos puntuales para ampliar y consolidar los derechos de los ciudadanos.

Su paso por la Constituyente representó, además, una de las transformaciones políticas más significativas de su generación: un antiguo dirigente guerrillero participaba ahora en la redacción de las reglas fundamentales de la democracia colombiana.

Una vida marcada por la guerra, la paz y el diálogo

Después de la Constitución de 1991, Navarro desarrolló una extensa carrera en la política institucional.

Fue ministro, alcalde de Pasto, gobernador de Nariño, representante a la Cámara y senador de la República. También aspiró en varias ocasiones a cargos de elección popular y mantuvo una presencia activa en la vida pública durante décadas.

Su paso por la alcaldía de Pasto y la Gobernación de Nariño consolidó su perfil como dirigente territorial, mientras que su experiencia en el Congreso lo convirtió en una figura reconocida de las corrientes progresistas y de la izquierda democrática.

En sus últimos años continuó vinculado a la actividad política y al debate público, incluyendo su participación en el Partido Verde.

La muerte de Antonio Navarro Wolff cierra una trayectoria difícil de separar de la historia reciente de Colombia.

Fue guerrillero y comandante de una organización armada, sobrevivió a un atentado que le dejó secuelas físicas permanentes, participó en la negociación que llevó al M-19 a abandonar las armas y asumió la defensa del proceso incluso después del asesinato de su máximo dirigente.

Después ayudó a redactar la Constitución que transformó el marco institucional del país y ocupó algunos de los principales cargos de la política colombiana.

Sus críticos y sus aliados pueden diferir sobre distintos capítulos de su vida, pero su importancia histórica resulta difícil de discutir. Pocas figuras encarnaron de manera tan directa el tránsito de la insurgencia armada a la política democrática.

Quizás por eso las condolencias tras su muerte llegaron desde sectores enfrentados ideológicamente. Navarro Wolff fue, para unos y otros, un político formado en una época de confrontación extrema que terminó convirtiéndose en uno de los símbolos del diálogo y de la apuesta por resolver las disputas dentro de las instituciones.

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Con EFE y medios locales

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