BARCELONA, ESPAÑA / DIARIO DE SALUD. – Carlos Rodríguez-Galindo hizo de la oncología infantil una misión global. Nacido en España y formado en Medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona, hoy es vicepresidente ejecutivo, director de St. Jude Global y presidente del Departamento de Medicina Pediátrica Global del St. Jude Children’s Research Hospital, en Memphis, Estados Unidos.
Su trayectoria lo llevó primero a St. Jude en 1994 como fellow posdoctoral. Después pasó por centros como Dana-Farber Cancer Institute, Boston Children’s Hospital y Harvard Medical School, antes de regresar a Memphis para liderar la expansión internacional del hospital.
Invitado en Madrid por la Fundación Aladina, Rodríguez-Galindo recordó que llegó a la oncología pediátrica después de una rotación hospitalaria que le mostró la dimensión humana de la enfermedad: médicos que terminaban su turno y se quedaban vigilando a sus pacientes porque la fiebre subía o porque el tratamiento podía empezar a hacer efecto.
“Les admiraba”, afirmó, al explicar que decidió marcharse a Estados Unidos porque en España no encontraba entonces una estructura sólida para formarse específicamente en oncología infantil.
El reclamo sigue vigente. La Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas ha insistido en la necesidad del reconocimiento oficial de la especialidad de Oncología y Hematología Pediátricas para garantizar formación y atención homogénea en todo el país.
Rodríguez-Galindo sostiene que la formación no puede depender solo de la voluntad individual de los pediatras. “No se puede dejar al azar”, dijo. A su juicio, un oncólogo infantil debe aprender medicina, psicología, cuidados paliativos, genética, comunicación con familias y manejo de pacientes en pleno desarrollo.
El cáncer infantil no se parece al cáncer del adulto. La biología tumoral, el contexto del paciente y el impacto familiar son distintos. “Cuando un niño desarrolla cáncer, toda la familia enferma”, afirmó el especialista.
Según la Organización Mundial de la Salud, en países de ingresos altos más del 80 % de los niños con cáncer se curan, mientras que en muchos países de ingresos bajos y medianos la curación no llega al 30 %. La OMS atribuye esas muertes evitables a falta de diagnóstico, diagnósticos tardíos o erróneos, obstáculos para acceder a tratamiento, abandono terapéutico, toxicidad y recaídas.
Rodríguez-Galindo resume esa brecha con una idea directa: un niño con cáncer puede tener muchas posibilidades de curarse si cuenta con diagnóstico, equipo médico y tratamiento adecuados, pero millones no viven cerca de esos recursos.
St. Jude Global trabaja precisamente sobre esa desigualdad. Desde 2018, bajo el liderazgo de Rodríguez-Galindo, la iniciativa busca mejorar la supervivencia de niños con cáncer y enfermedades hematológicas graves en países de ingresos bajos y medianos, mediante fortalecimiento de sistemas de salud, formación clínica, investigación, acceso a medicamentos y redes de colaboración.
La Alianza Global de St. Jude reúne actualmente a más de 400 instituciones y fundaciones en más de 90 países. La red forma parte del esfuerzo internacional para alcanzar al menos 60 % de supervivencia global en cáncer infantil para 2030, objetivo impulsado por la Iniciativa Mundial contra el Cáncer Infantil de la OMS.
El trabajo no se limita al ámbito académico. En situaciones de guerra o crisis humanitaria, St. Jude y sus socios han coordinado evacuaciones de niños con cáncer para que puedan continuar tratamiento en hospitales seguros.
En Ucrania, St. Jude informó en 2022 que más de 600 niños habían sido evacuados a centros especializados de Europa y Norteamérica para reanudar sus terapias. En Gaza, la OMS y St. Jude coordinaron en 2023 la salida de niños con cáncer y trastornos hematológicos hacia Egipto y Jordania, junto a autoridades de Egipto, Israel, Jordania, el territorio palestino ocupado y Estados Unidos.
Rodríguez-Galindo explicó que en estos casos no actúan como una organización de respuesta directa sobre el terreno, sino como coordinadores de redes médicas, gobiernos e instituciones capaces de recibir y tratar a los menores. “A veces son operaciones casi secretas”, señaló, porque en escenarios como Gaza cualquier movimiento tiene una fuerte carga política.
En países sin guerra, el enfoque es distinto: adaptar tratamientos a los recursos disponibles. Según el especialista, las guías deben ser realistas. No es lo mismo tratar en un hospital con todos los medios que hacerlo en un centro limitado, pero el objetivo es que cada niño reciba una terapia basada en evidencia y consenso médico.
La OMS y St. Jude también trabajan en la Plataforma Global para el Acceso a Medicamentos contra el Cáncer Infantil, que comenzó la distribución de fármacos esenciales en países piloto como Mongolia y Uzbekistán, con planes de expansión hacia Ecuador, Jordania, Nepal y Zambia.
Rodríguez-Galindo se muestra optimista sobre el futuro. Recuerda que la oncología pediátrica ha logrado tasas de curación superiores a las del cáncer en adultos, en parte por la disciplina de los grupos cooperativos, la investigación clínica y la aplicación rigurosa de protocolos.
Pero advierte que el éxito abre un nuevo desafío: los supervivientes. Muchos niños curados arrastran secuelas médicas, psicológicas y sociales en la adolescencia y la edad adulta. “Se está creando una nueva enfermedad entre los supervivientes”, dijo, al reclamar seguimiento preferente en los sistemas sanitarios y en los seguros médicos.
Para el oncólogo, tratar el cáncer infantil exige ciencia, estructura y humanidad. También exige mirar más allá del hospital: al país donde nace el niño, a su familia, al sistema que lo sostiene y a la posibilidad real de que llegue a tiempo a un tratamiento.
Su mensaje central es claro: la supervivencia de un niño con cáncer no debería depender del lugar donde vive.
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