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NUEVA YORK,EE.UU./ DIARIO DE SALUD.-En una pequeña región situada en la base del cerebro, el locus coeruleus, un grupo de neuronas participa tanto en las respuestas de alerta y estrés como en la regulación del dolor. 

Normalmente este sistema puede contribuir a disminuir las señales dolorosas, pero una lesión nerviosa prolongada parece modificar su funcionamiento y convertirlo en un impulsor del dolor crónico. Investigadores de Washington University School of Medicine en St. Louis comprobaron ahora en ratones que inhibir la actividad de estas neuronas —en especial algunas que proyectan hacia la corteza prefrontal medial— disminuye la hipersensibilidad al tacto y al calor asociada al dolor neuropático. Los resultados fueron publicados el 17 de agosto de 2026 en Current Biology.

El equipo se concentró después en los receptores opioides mu (MOR) presentes en las neuronas del locus coeruleus. Estos receptores son conocidos porque tanto los opioides producidos por el propio organismo como medicamentos como la morfina pueden activarlos y reducir la transmisión del dolor. 

Los científicos eliminaron selectivamente esos receptores en el locus coeruleus de ratones con lesión nerviosa y observaron que los animales se volvieron todavía más sensibles a estímulos mecánicos y térmicos. Cuando restauraron los receptores en las mismas neuronas, esa hipersensibilidad disminuyó. El experimento indica que los receptores funcionan como una especie de freno biológico que limita la capacidad de este circuito cerebral para amplificar el dolor.

“Millones de adultos viven con dolor neuropático crónico causado por daño nervioso”, explicó Jordan G. McCall, profesor asociado del Centro de Farmacología Clínica y del Departamento de Anestesiología de WashU Medicine y autor principal del trabajo. 

McCall señaló que uno de los problemas de los opioides convencionales es que actúan sobre receptores distribuidos ampliamente por el cerebro y el resto del organismo. Por eso, comprender cómo funcionan los receptores localizados específicamente en el locus coeruleus podría contribuir, en el futuro, a diseñar tratamientos más dirigidos y con menos riesgos. 

Esa necesidad clínica es relevante porque los opioides recetados pueden producir tolerancia, dependencia, sedación y otros efectos adversos, además de aumentar el riesgo de trastorno por consumo de opioides y sobredosis.

El dolor neuropático aparece cuando una lesión o enfermedad daña el sistema nervioso y altera la forma en que se transmiten las señales dolorosas. 

Los pacientes pueden describir sensaciones de quemazón, descargas eléctricas, hormigueo o dolor punzante incluso ante estímulos que normalmente no resultarían dolorosos. Entre sus causas se encuentran la neuropatía diabética, el herpes zóster, la ciática y determinadas lesiones o compresiones nerviosas. 

El Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos y Accidentes Cerebrovasculares de Estados Unidos distingue este tipo de dolor del dolor nociceptivo provocado directamente por daño o inflamación de los tejidos.

El hallazgo, sin embargo, no significa que los científicos hayan encontrado una nueva cura para el dolor crónico ni que sea posible administrar opioides directamente al locus coeruleus en pacientes. Los experimentos se realizaron en animales mediante técnicas genéticas y de control neuronal que permiten manipular circuitos con una precisión que todavía no puede trasladarse de manera rutinaria a seres humanos.

El siguiente reto del grupo de McCall es encontrar formas de modificar específicamente la actividad de este circuito sin activar los receptores opioides del resto del sistema nervioso. 

Si futuras investigaciones confirman su seguridad y eficacia, el locus coeruleus podría convertirse en una nueva diana para terapias contra el dolor neuropático más selectivas que los opioides sistémicos actuales.

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