NUEVA YORK,EE.UU./ DIARIO DE SALUD.- Perder peso requiere, en términos generales, gastar más energía de la que se consume, pero trasladar ese principio a la vida diaria es más complejo de lo que parece.
Rachel Woods, profesora titular de Fisiología de la Universidad de Lincoln, explica que el ejercicio por sí solo suele producir efectos modestos sobre la pérdida de peso, aunque eso no significa que carezca de importancia.
Parte de la explicación está en mecanismos de compensación: algunas personas sienten más hambre después de entrenar y terminan aumentando su ingesta, mientras que otras pueden reducir de forma inconsciente sus movimientos durante el resto del día.
Un ensayo dirigido por Corby K. Martin encontró precisamente un aumento compensatorio de la ingesta energética entre participantes sometidos a programas supervisados de ejercicio, mientras que una revisión de Edward L. Melanson encontró indicios de reducciones de la actividad física no relacionada con el entrenamiento en algunos grupos, aunque los resultados no han sido uniformes.
Otro elemento es la denominada adaptación metabólica. A medida que una persona pierde peso, su organismo puede disminuir el gasto energético más de lo que cabría esperar únicamente por la reducción de la masa corporal. Woods presenta este fenómeno como uno de los mecanismos que pueden dificultar el adelgazamiento.
Un estudio de Catia Martins, Jessica Roekenes, Barbara A. Gower, Gary R. Hunter y otros investigadores observó esta adaptación en personas con obesidad sometidas a una dieta baja en energía y encontró que una mayor reducción adaptativa del metabolismo se relacionaba con una menor pérdida de peso y grasa.
Sin embargo, los propios investigadores advierten que su importancia para explicar la recuperación del peso a largo plazo continúa siendo objeto de debate, por lo que no puede considerarse por sí sola una causa demostrada del llamado efecto rebote.
La importancia del ejercicio aparece con mayor claridad cuando se analiza qué ocurre después de adelgazar. Marleen A. van Baak, Gabby Hul, Arne Astrup y Wim H. Saris estudiaron esta relación en el ensayo multicéntrico europeo DiOGenes, que comenzó con 1.121 adultos con sobrepeso u obesidad. Su análisis encontró que el nivel de actividad física antes de una dieta baja en calorías no permitió predecir cuánto peso perdería una persona.
En cambio, un mayor nivel de actividad física después de adelgazar sí se relacionó con un mejor mantenimiento posterior del peso y de la masa grasa.
Los investigadores también encontraron que una mayor actividad se asociaba con mejores cambios en indicadores cardiometabólicos como colesterol, triglicéridos, glucosa, proteína C reactiva y sensibilidad a la insulina. Estos resultados respaldan la idea expuesta por Woods de que la actividad física puede aportar beneficios importantes incluso cuando el cambio observado en la báscula es limitado.
Hay varios mecanismos que podrían ayudar a explicar ese efecto. Al adelgazar no solo se pierde grasa: también puede disminuir la masa libre de grasa, incluida parte del músculo, lo que influye en el gasto energético en reposo. Woods señala que el entrenamiento de resistencia —como el levantamiento de pesas y determinados ejercicios de resistencia muscular— puede contribuir a preservar o recuperar masa muscular.
La actividad física también favorece el gasto energético total, la capacidad del organismo para utilizar grasas como combustible y la sensibilidad a la insulina. A esto se suman efectos indirectos vinculados con el sueño, el estado de ánimo, el estrés, el apetito y el control de la glucosa. No todas las personas responden igual: la cantidad de energía gastada, el aumento posterior del apetito y las adaptaciones metabólicas pueden variar considerablemente de un individuo a otro.
La evidencia citada por Woods también incluye el uso combinado de ejercicio y medicamentos para tratar la obesidad. Un ensayo encabezado por Julie R. Lundgren comparó ejercicio, liraglutida —el principio activo utilizado en Saxenda—, la combinación de ambos y placebo después de una pérdida inicial de peso inducida mediante dieta.
Los investigadores concluyeron que combinar ejercicio y liraglutida favorecía un mantenimiento saludable de la pérdida de peso, mientras que un análisis posterior del mismo ensayo encontró que quienes habían realizado ejercicio mostraban mejores resultados de mantenimiento después de finalizar el tratamiento farmacológico.
En conjunto, la evidencia no presenta al ejercicio como una solución aislada ni garantiza una determinada reducción de kilos: apunta, más bien, a que su valor puede ser especialmente importante para conservar el peso perdido, preservar masa muscular y obtener beneficios físicos y metabólicos que van mucho más allá de la cifra que muestra la báscula.
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