Aliany Concepciu00f3n Abreu

Recientemente, una colega que hace guardias interminables, como la mayoría de los médicos que están activos en la práctica asistencial, me envió un dato que me resultó interesante investigar.

Resulta que, siempre en el ámbito de la medicina, nos hemos quejado de las guardias que hacemos o que hacíamos algunos y que, por salud, hemos tenido que abandonar. La historia de esta “fantástica” idea de trabajar durante tantas horas y mantener la compostura tiene, entre sus antecedentes, a un médico llamado William Stewart Halsted, considerado uno de los padres de la cirugía moderna y fundador del sistema de residencia médica en Johns Hopkins. Definitivamente, una eminencia de la medicina.

Casualmente, y según numerosas fuentes históricas, el doctor Halsted tuvo una historia personal relacionada con el consumo de cocaína y posteriormente con la dependencia de la morfina.

El modelo que se fue organizando para la formación médica exigía y, en muchos lugares, todavía exige, una dedicación hospitalaria extrema, hasta el punto de que el médico en formación prácticamente residía en el hospital.

De hecho, de ahí procede el término resident physician: el médico “residía” en el hospital.

Existen documentos y relatos históricos que difieren en algunos detalles sobre la historia de Halsted y su dependencia de sustancias, algo que también debe entenderse dentro de la época y de la confidencialidad que rodeaba entonces estos asuntos.

Pero numerosas fuentes coinciden en señalar que una de las figuras que contribuyeron a instaurar el modelo moderno de residencia médica tuvo una historia personal relacionada con el consumo de sustancias.

Este artículo no lo hago con la intención de atacar ni estigmatizar a un colega que ya ha trascendido. Lo hago a modo de reflexión, para preguntarnos si este modelo, a día de hoy, es factible, práctico y, sobre todo, si protege a toda la sociedad.

Porque, como dice un refrán: “De noche todos los gatos son pardos”. Llega un punto en el que, después de tantas horas de agotamiento, ya no sabes si estás prescribiendo un analgésico o un antiinflamatorio por puro cansancio. Y esto, en medicina, no es una cuestión menor.

La Organización Mundial de la Salud identifica las jornadas laborales prolongadas, el trabajo por turnos y la fatiga como importantes riesgos psicosociales para los trabajadores sanitarios.

“La fatiga y el agotamiento pueden afectar tanto a la salud del profesional como a la calidad y seguridad de la atención que presta”, ha planteado la OMS.

En 2021, la OMS y la Organización Internacional del Trabajo estimaron que, en 2016, 745.000 muertes fueron atribuibles a jornadas laborales de 55 horas o más a la semana; aproximadamente 398.000 por accidente cerebrovascular y 347.000 por cardiopatía isquémica.

Y si hablamos específicamente de médicos en formación, un ensayo publicado en The New England Journal of Medicine encontró que los residentes sometidos a jornadas prolongadas de 24 horas o más cometían un 36 % más de errores médicos graves que cuando trabajaban bajo un sistema de turnos más limitado.

Quizás ha llegado el momento de darle una vuelta a todo este sistema que parece deteriorarse cada día. Cada vez hay más profesionales sanitarios agotados, enfermos y con dificultades para continuar sosteniendo un sistema que también atiende a pacientes cada vez más numerosos y con necesidades cada vez más complejas.

Sinceramente, la salud necesita replantearse de otra manera. Estamos colapsando y puede que sea demasiado tarde cuando nos demos cuenta de que ya no se puede hacer más por falta de recursos humanos, de esa vocación que durante tantos años ha sostenido la medicina.

Quizás deberíamos preguntarnos cuánto tiempo puede sobrevivir la vocación cuando el sistema deja de cuidar a quienes han decidido dedicar su vida a cuidar a los demás, ya que la vocación también se lacera y se agota. 

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