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Hay frases que no pertenecen únicamente al momento en que fueron pronunciadas; terminan convirtiéndose en claves para interpretar la historia. Una de ellas fue expresada por el Dr. Leonel Fernández después de la derrota electoral del año 2000:

«Los que no saben por qué perdimos es porque nunca entendieron por qué ganamos.»

Con el paso de los años, esa sentencia ha demostrado contener una profunda verdad política. Las victorias auténticas nunca nacen del azar, de la propaganda o de la emoción pasajera. Son la consecuencia de una corriente histórica que logra interpretar las aspiraciones de una sociedad en un momento determinado.

Del mismo modo, las derrotas tampoco pueden explicarse únicamente por el resultado de una elección; suelen ser el desenlace de procesos más complejos, donde intervienen factores económicos, sociales, culturales y hasta psicológicos.

Por esa razón, quienes jamás comprendieron las causas profundas que hicieron posible el ascenso de Leonel Fernández difícilmente comprenderán las razones que pueden conducir a una nueva victoria en 2028. Continuarán observando la política desde la superficie, atentos al ruido de las encuestas, a la estridencia de las redes sociales o al impacto efímero de la propaganda, mientras la realidad discurre silenciosamente por debajo de esas apariencias.

La historia enseña que los pueblos poseen una memoria que rara vez se equivoca. Podrá adormecerse durante un tiempo, pero nunca desaparece. Cuando las dificultades económicas se prolongan, cuando la inseguridad altera la vida cotidiana, cuando el costo de los alimentos se convierte en una preocupación permanente, cuando el ciudadano percibe que el mérito deja de ser recompensado y que el Estado pierde capacidad para orientar el rumbo nacional, esa memoria comienza a despertar.

Entonces la comparación se vuelve inevitable. No la promueven los partidos; la establece el propio ciudadano entre lo que vive y lo que recuerda haber vivido.

Es precisamente ahí donde comienza a gestarse el cambio político. No en los mítines, ni en los estudios de opinión, sino en la conciencia colectiva de una nación que empieza a preguntarse si el camino recorrido era realmente el correcto.

Las campañas de descrédito pueden fabricar percepciones transitorias; incluso pueden intentar construir mitos alrededor de supuestas tasas de rechazo. Pero ninguna estrategia comunicacional consigue imponerse indefinidamente sobre la experiencia cotidiana de millones de personas. La realidad termina erosionando la propaganda con una fuerza que ningún laboratorio político puede contener.

Si esa realidad continúa mostrando el deterioro del poder adquisitivo, las deficiencias de los servicios públicos, la incertidumbre económica y la sensación de estancamiento, será la propia sociedad la que abrirá una nueva avenida para el regreso de un proyecto político que identifique con estabilidad, crecimiento y capacidad de gobierno.

Los pueblos no suelen regresar al pasado; regresan, más bien, a aquello que consideran eficaz cuando necesitan reconstruir la confianza. Esa es una constante que atraviesa la historia de las naciones.

Elecciones 2028

Por eso, más que una simple competencia electoral, el proceso de 2028 podría convertirse en un juicio de la memoria colectiva. Será el momento en que los ciudadanos comparen dos maneras distintas de ejercer el poder y decidan cuál responde mejor a sus expectativas de bienestar, institucionalidad y progreso.

Y quizá entonces vuelva a cobrar pleno sentido aquella frase pronunciada hace más de un cuarto de siglo, porque quienes nunca entendieron por qué se ganó ayer tampoco comprenderán por qué se volverá a ganar mañana.

La historia tiene la costumbre de anunciar sus desenlaces con mucha anticipación. Solo quienes saben leer el pulso de los pueblos alcanzan a percibirlos antes de que las urnas los confirmen.

jpm-am

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